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sábado, 12 de noviembre de 2011

Naná Porinetia, adiós Polinesia

Rurutu, Islas Australes, Polinesia Francesa. Amigos... esto se acaba. Hoy es mi último día en estas tierras. Han transcurrido 49 días desde que llegué. Cuesta de tragar, me tengo que pellizcar, no me lo acabo de creer... pero sí, esta noche estaré en un avión de vuelta a casa.

Han sido 49 días intensos, diferentes, llenos de sorpresas. Espero que los que me habéis seguido podáis haber disfrutado también del viaje, aunque haya sido a distancia.

¿Y a partir de ahora?

Sinceramente, no lo sé. En Barcelona comenzaré a tantear posibilidades. Por de pronto tengo miles de fotos por editar, y muchas notas en mi cuaderno de viajes. De todo esto saldrá algo, no sé todavía el qué, pero algo va a salir: un libro, una exposición, una columna en una revista, no sé...ya veremos, no hay prisa. Como decía George de Rimatara, mejor conducir despacio, sino se llega demasiado pronto a destino.

¡Hasta pronto!

Buceando entre ballenas



Rurutu, Islas Australes, Polinesia Francesa. Creo que debe de haber pocas cosas más emocionantes en esta vida que bucear entre ballenas salvajes.

Rurutu es uno de los mejores lugares del mundo para observar y nadar con estos cetáceos. Aquí coinciden la nitidez y transparencia excepcionales del agua, un entorno único, una mínima afluencia de turistas, y una población asegurada de una decena de ballenas entre Julio y Octubre.





Se trata de la ballena jorobada o yubarta, que acude a la isla durante el invierno austral para reproducirse. La plataforma continental de 40 m de profundidad que rodea Rurutu les proporciona a estos gigantes de 15 metros o más un lugar seguro al abrigo de los tiburones.

Eric organiza salidas reducidas de diez personas con su pequeña barca para bucear con los cetáceos. Salimos a las 9 de la mañana de un día soleado. El mar está calmado. Primeramente Eric avista los animales y determina su disposición para la visita, pues es necesario que la ballena se encuentre dormitando para poder sumergirnos a su lado. Evidentemente, no son buenos momentos ni cuando están saltando, ni cuando se desplazan.

Una vez avistada una pareja, Eric espera a que realicen la inmersión profunda (esa que sigue al levantamiento de la cola), y nos indica con un gesto suave: maintenant!. La adrenalina alcanza entonces máximos. Hay que tirarse al agua. Chapuzón, y una vez diseminadas las burbujas, aparece las siluetas de dos enormes ejemplares, macho y hembra, ingrávidos, a 40 m de profundidad. En esta ocasión, la hembra está durmiendo en posición vertical y el macho horizontal. Las tenemos justo debajo de nosotros. En mi mente solo hay un pensamiento: ¡qué maravilla!






Al cabo de un rato, la ballena macho comienza su elegante ascensión hacia la superficie, en un juego de aleteos a modo de danza acuática. Mi corazón se dispara. Le sigue la hembra. Se nos acercan. Cada vez están más cerca. ¿Pero se van a apartar no? -confías pensando que sea lo que Dios quiera. Y llega un momento en que se desvían para alcanzar finalmente la superficie y resoplar con el más grande de los estornudos imaginables
















Hacemos tres inmersiones. Y a la tercera ocurre algo totalmente imprevisto, algo que Eric nos dice que únicamente pasa una vez por temporada:

Estamos esperando de nuevo la ascensión de las ballenas, en el agua, justo sobre ellas. Esta vez están tardando algo más de lo normal. Llevan 20 minutos bajo el agua. Todo está en calma. Pero repentinamente, como si se hubiera hartado de nuestra presencia, la ballena macho comienza a mover la cola intensamente, a ondular su cuerpo como si tuviera convulsiones y a subir con una fuerza descomunal. ¿Qué le pasa? ¿por qué sube tan deprisa? Todos experimentamos un momento de pánico contenido. Nooo, no me lo puedo creer...la ballena ha decidido pegar un enorme y descomunal salto en nuestras mismísimas narices. Surge del agua cual descomunal leviatán, levantando sus 30 toneladas de peso de una vez para girar en el aire y dejarse caer de espaldas con un estruendo que nos deja a todos sin aliento, atónitos ante tal poderío, fuerza y belleza de la naturaleza.

En el barco, los que habían subido porque tenían frío, no dan crédito a lo que acaban de presenciar. La ballena había dado un enorme salto justo donde estábamos nosotros. Y la pregunta inmediata: ¿habrá caído sobre alguien? Pero por suerte, o quizás intencionadamente, la ballena había elegido la dirección en donde no había nadie. Steve, uno de los que estaba en el barco, logra captar el momento por pura casualidad. Esa es su foto


Rurutu, la isla de las ballenas

Rurutu, Islas Australes, Polinesia Francesa. Ayer aterricé en la isla de Rurutu, mi tercera isla Austral y última escala de este viaje. Se acerca el final y qué mejor que despedirme de esta fenua junto a las ballenas.

Yves Gentilhomme y su mujer Helène regentan la Pension Manotel, una de las mejores de toda la Polinesia, frente a una playa desierta. Yves, al que conozco de anteriores visitas a la isla, es un bretón afincado en Rurutu apasionado de la biología. En el jardín de su pensión tiene más de 300 especies vegetales de la Polinesia, y junto con Jean-Claude Thibault, llevan desde hace años el control ornitológico de la isla.


Hoy, como casi cada día, me ha llevado a dar el tour-de-l’île, pero antes nos hemos acercado al puerto para comprar la cena de esta noche: pescado fresco.


A medida que transcurre el paseo me doy cuenta de que todavía existen lugares tranquilos, apacibles y agradables en este planeta. Como estas playas, donde uno puede cabalgar sin que venga un policía y le diga "¿no sabe que está prohibido ir a caballo por la playa?"


Yves es una auténtica enciclopedia. Me cuenta que la isla ha sufrido grandes desastres ecológicos al importar la gran mayoría de las especies vegetales y de las aves terrestres que habitan hoy en día aquí. Una de las plantas que más daño ocasiona es una variedad trepadora que los americanos trajeron al Pacífico para camuflarse en tierra durante la segunda guerra mundial. Hay zonas de la isla que se encuentran prácticamente tapadas por un manto verde de sus hojas.




En el interior hay bosques de pino importado del Caribe. Yves me explica que esas extrañas “barbas de viejo” de color verde-gris que cuelgan de las ramas son en realidad un liquen muy sensible, que solo crece en ambientes con un aire purísimo ¡Buenas noticias para los ecologistas!


El interior de Rurutu es un verdadero vergel. Se cultiva una gran variedad de legumbres y frutas, como el noni. Pero por encima de todo destacan las plantaciones de taro, las más grandes de toda la Polinesia. Durante mucho tiempo, y todavía hoy en día en muchas familias, el taro constituyó la fuente principal de alimento.

Rurutu tiene un solo tiki, pero es de fama mundial: se trata de la estatua del dios A'a, cuyo original se encuentra en el British Museum. Es una figura de madera de 1,17 m, con numerosos otros mini-tikis incrustados en él. Yves se hizo hacer una réplica que tuvo expuesta en la entrada de su pensión, hasta que se la comió la carcoma. Otra personalidad que también quedó prendado de esta figura fue nada más y nada menos que Picasso, que mandó hacerse una copia en 1950 tras ver un ejemplar en el estudio de su amigo el escritor Roland Penrose.


Pablo Picasso in his workshop with a copy of the Polynesian sculpture A'a






Al acabar el día me voy un rato a la playa, a disfrutar de las últimas luces. Delante mío, una ballena levanta la cola como para darme las buenas noches.
Pero justo cuando dispongo a retirarme, noto unos remolinos extraños en la orilla. Me acerco a ver qué es ese jolgorio y me quedo estupefacto al ver que se trata de tres tiburones enloquecidos por la sangre de las cabezas de los peces que Helène ha tirado. Creo que mañana me bañaré en otro lugar.