viernes, 10 de agosto de 2012

Fatu Hiva, la Marquesa más virgen




Fatu Hiva, Islas Marquesas, Polinesia Francesa

Fatu Hiva es la isla más auténtica de las Marquesas, y quizás de toda Polinesia. Sin aeropuerto (ni tampoco heliopuerto desde hace unos años) sus apenas 600 habitantes viven prácticamente aislados del resto del mundo.

Fatu Hiva es la más sureña, más apartada y más desconectada de las Marquesas. La isla conserva intacta su vegetación autóctona, verde, frondosa y variada. La invasora acacia, cuyos estragos ecológicos son bien patentes en otras islas de este archipiélago, no ha llegado hasta aquí. El Aranui es prácticamente el único medio de unión con el exterior, aparte del Taporo (otro carguero) que llega una vez al mes, y algún que otro velero. Aún así, no estamos hablando de un lugar inhóspito donde sus habitantes vistan con harapos y lleven un hueso en la nariz: que nadie se lleve engaño. La gente de Fatu Hiva es como la del resto de Polinesia, gente educada a lo occidental, que visten a lo occidental, que llevan su móvil siempre consigo, y con los cuales puedes tener una conversación como la que tendrías con un conciudadano...salvo que quizás la de aquí sea más interesante. Lo único es que si les coge un ataque de apendicitis, deben esperar que venga una lancha de Hiva Oa para que los lleve a un hospital, y deben cruzar los dedos para llegar a tiempo, pero aparte de esto, no hay grandes diferencias con la gente de otras islas.




Fatu Hiva fue la isla elegida por el arqueólogo noruego Thor Eyerdahl, autor de la Kon Tiki, para vivir un año (1936) con su novia y dedicarse a la arqueología a sus anchas. Tanto interés le puso que se pasó un poco al desenterrar los muertos de las tumbas para medir sus cráneos en un intento de establecer el origen de esta raza. En cuanto la gente de aquí se enteró de lo que estaba haciendo con sus antepasados enfurecieron, lo persiguieron y lo echaron. ¡Faltaría más! No quiero ni imaginarme cómo hubiera reaccionado yo ante un extranjero yendo al cementerio de Barcelona y desenterrando a mis parientes para medirles el cráneo. ¡Pero qué se ha creído la gente!
Antiguamente, antes que Tahiti tuviera aeropuerto, la isla contaba con 10.000 habitantes y constituía un punto de parada para los navíos que conectaban América con Tahiti. Al ver que había un tráfico importante de extranjeros, los nativos comenzaron a elaborar tapa dibujadas con motivos tradicionales para vender a los comerciantes y funcionarios que iban y venían de Tahiti (los tapa son una especie de pergamino elaborado con corteza de árbol, antiguamente utilizados como ropa y más modernamente como adorno). Tanto fue así que Fatu Hiva conserva la fama de elaborar los tapa más bonitos y auténticos de todo el Pacífico. 
El Aranui desembarca en el pueblecito de Omoa, donde una señora, de nombre Mareva, nos hace una demostración de la elaboración del tapa. Fuera, en un hangar, las mujeres (que son las encargadas de hacerlos y pintarlos) exponen sus trabajos. Sin ser un experto, puedo apreciar que algunos tapa son de mucha mejor calidad que otros. Yo me enamoro de uno con motivos tradicionales marquesanos y lo acabo comprando. Son de esas cosas únicas en el mundo que a veces conviene ceder ante el capricho de adquirirlas. Va bien para la salud.


A continuación tiene lugar la excursión a pie más larga de todo el crucero: 16,5 km de una pista que une los dos pueblos de la isla, Omoa y Hanavave. Como los colegas de aquí ya me conocen de otros años, consigo una plaza en el jeep de avituallamiento, el que lleva la comida de los atrevidos turistas dispuesto a hacer la dura excursión, con pendientes fuertes, firme resbaladizo, 35ºC o más de temperatura y una humedad del 100%. Es sorprendente como la gente, algunos de avanzada edad, resiste estos tutes. El paisaje es realmente impresionante. Nunca he visto una vegetación tan exuberante.



Al comenzar el descenso, se va divisando poco a poco la maravillosa bahía de Hanavave con el Aranui pacientemente atendiendo nuestra llegada.



Al llegar a Hanavave tomo asiento en el muelle, entre los lugareños que esperan pacientemente la mercancía de Aranui, y hablo con una chica del pueblo, de apellido Gilmore. Aquí muchos se llaman Gilmore, un apellido de descendencia española según ella. Yo le digo que Gilmore no es especialmente un nombre muy español, con lo que se queda un poco despistada. Ah, pues será filipino -me responde sin que parezca que le importe lo más mínimo. Me pide que le haga alguna foto con su bebé. Le prometo que se la enviaré.




La visita periódica del Aranui da vidilla cada tres semanas a esta isla apartada. Su gente aprovecha para posar ante los turistas. Se nota que aunque no se muevan de la isla, las telenovelas sí llegan a sus casas, sino ¿de dónde sale tanto desparpajo occidental?



Finalmente llega el momento esperado en la bahía de Hanavave, conocida con el nombre de Baie des Vierges: la puesta de sol. Dicen que son de las más bonitas de todo el Pacífico sur. En cuanto al nombre de esta bahía, originalmente era el de Baie des Verges (Bahía de los Penes, por decirlo de alguna manera) por la forma de sus formaciones rocosas. Pero cuando llegaron los misioneros franceses, ese nombre no les hizo ni pizca de gracia y le añadieron una “i”, con lo que la bahía pasó a denominarse Baie des Vierges (Bahía de las Vírgenes), ahora sí, mucho más “apostólico”.


2 comentarios:

  1. BELLO!!!
    Gracias por tus fotos y reseñas ,,,,leyendo viajamos y conocimos las Islas Marquesas.......definitivamente a conocerlo en vivo y en directo. saludos Rita O.R (Perú)

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