viernes, 24 de agosto de 2012

Moorea



Moorea, Polinesia Francesa

Mi vuelo de Fakarava llega a Papeete con un poco de retraso. Son las 17:30 h y el último ferry para Moorea sale a las 18:00 h. Estoy nervioso, no lo voy a pillar. Tranquilo -me dice Jorge, el chileno que me lleva al muelle- hay tiempo de sobras.



Efectivamente, Jorge tenía razón, aunque llego por los pelos. En el muelle de Papeete acaba de amarrar el Aremiti 5, el ferry que cubre el trayecto Papeete-Moorea en 30 minutos, y los coches han comenzado a salir. Todo está perfectamente organizado para que en pocos minutos el Aremiti 5 zarpe de nuevo para Moorea en este su último trayecto del día.

Una vez a bordo subo a cubierta para disfrutar de las luces del ocaso tahitiano, de las mejores del país, nunca he sabido bien bien por qué. Rápidamente se me acerca un niño, Heimanarii, que me hace el trayecto agradable con sus preguntas y su inocencia.



¿Cuántos años tienes? -me pregunta con esa musiquilla angelical que tienen los niños tahitianos al hablar. Adivina -le contesto. ¿20? -me pregunta. A punto estoy de darle un beso cuando corrige: ¿60?. Y rápidamente me percato que para un niño la edad de los adultos es un dato totalmente anecdótico si uno esta dispuesto a hacerles caso y...sobretodo, si uno les presta su iPhone para distraerlos. Y aprovecho para lanzar aquí una proclama en favor de los ingenieros de Apple: ese niño, de tan sólo 7 años de edad y del otro lado del mundo, anticipaba el manejo de mi iPhone de un modo sorprendente, sin manual, sólo con la intuición natural, innata quizás. ¡Bravo Steve!

Moorea es la "isla hermana" de Tahiti, distante sólo en 17 km. Los ferrys conectan las dos ínsulas 6 veces al día. De hecho, mucha gente que vive en Moorea utiliza a diario este medio para acudir a su trabajo en Papeete. Es cómodo, rápido, puntual y no muy caro (12€ por trayecto). A bordo se respira un ambiente feliz y desenfadado, impregnado de esa especie de excitación pueril tan característica de los tahitianos.






Moorea ha sido siempre injustamente aparcada de mis itinerarios. Sólo la había visitado una vez, a pesar de que es una las más espectaculares de Polinesia. Quizás sea por su vecindad a Papeete, o por la gran proporción de franceses que aquí habitan. Sea por lo que fuera, siempre había elegido ir más lejos. Hasta hoy: esta vez he decidido poner punto final a este viaje aquí, en Moorea.

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