Mostrando entradas con la etiqueta Gambier. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gambier. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Naná Mangareva, iaorana Tahiti


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa. Mi estancia en las Gambier toca a su fin. Esta tarde parte el avión para Papeete.

Tras el desayuno aparece Achiles para llevarme a ver a su tío Tonio, el de la granja perlera, ya que le pedí si él podría venderme alguna perla. Pero llegamos a la granja y, mala pata... Tonio acaba de irse en barca. Achiles se disculpa por no haberle avisado ayer, pues de hecho me había prometido una cita con él. Le pido que vayamos a ver a otro amigo o conocido suyo que tenga perlas. Achiles parece reticente. Y es que está prohibido vender perlas a particulares porque los japoneses han comprado toda la producción de las Gambier y tienen la exclusividad total.

Al final, clandestinamente, me lleva a casa de un amigo suyo que había contactado previamente por el móvil. Al recibirme, el amigo me dice sotovoce que entre en la casa disimuladamente. Me siento como un criminal. Me guía a su cocina, y una vez allí me dice que me espere un momento. 


El sujeto aparece entonces con varias bolsas repletas de perlas. Aquello parecía el tesoro de Rackam el Rojo. Me dice que me tome mi tiempo, mientras él se va a hacer un recado. ¡Dios! ¡Pero cómo se puede ser tan buena fe! Dejar solo a una persona que no conoces de nada ante centenares, quizás millares de perlas, a cual más bella y más valiosa. Me podía haber agenciado un centenar repartidas entre zapatos, bolsillos, bajo la gorra, bajo la lengua, engullidas cual píldoras, o introducidas a lo supositorio...no sé... y no se hubiera dado ni cuenta.

Así que con paciencia, tiempo, e invadido por una ética apostólicoromana, separo las que más me gustan. Las hay de todas las tonalidades: verdes, azules, violetas, amarillas, hasta blancas...sí, ¡perlas negras blancas! 

Al cabo de 15 minutos regresa "el santo" y le enseño las elegidas. Pactamos un precio global, que resulta ser casi irrisorio, y me voy más contento que un fanboy en un Apple Store.

Achiles viene a recogerme y me lleva a la pensión: tengo 30 minutos escasos para hacer mi maleta. Por fin me acompaña al muelle donde la navette nos llevará hasta el motu Totegegie donde está ubicado el aeropuerto. La alcaldesa ha venido a despedirme ¡Qué detalle! Está a contraluz...suerte que LightRoom hace maravillas:

Tras una panorámica travesía por el lagon, llegamos al muelle del aeropuerto.
Una vez en el aeródromo me percato que el personal está formado por la gente que he conocido: Marie y su hermana hacen de azafata, Achiles conduce el tractor con las maletas, y el perlero también tiene su función. 

Pero cosa curiosa: nada de miramientos. Marie casi ni me saluda, Achiles simplemente levanta las cejas, y el perlero evita mirarme a toda costa. Cosas de la profesionalidad, me imagino. Aún así, al subir al avión, Marie rompe el protocolo y nos fundimos en un abrazo. Llego a adivinar una lágrima saliendo de sus negros ojazos.

martes, 4 de septiembre de 2012

Americanos en misión secreta en Mangareva


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa. En Mangareva comparto pensión con dos norteamericanos. Son ingenieros y están instalando antenas en un lugar de la isla para un satélite. Marie me dice que han venido en misión secreta, y que son muy agradables, pero que no sueltan palabra sobre lo que están haciendo.

Hoy coincido con ellos en una cantina de Rikitea. Picado por la curiosidad, tras unas cervezas averiguo qué están haciendo aquí. Uno de ellos es técnico militar, y el otro ha venido en calidad de intérprete. Su misión es construir 4 antenas, dos de 4 m y otras dos de 2.5 m de diámetro, para fines telemétricos. Son temporales. Las arman y más tarde las desmontan. Todo el material está por llegar, y eso que llevan aquí ya 2 meses. Traen hasta un tractor. Hasta ahora se han dedicado básicamente a localizar el lugar óptimo para su emplazamiento. Me dicen que ya lo han encontrado, en el norte de Mangareva. Esta no es su primera estancia en Polinesia. Ya han hecho un trabajo similar anteriormente, en las Marquesas.

En la pensión se han ganado la simpatía de los jóvenes porque han aterrizado con un cargamento de DVDs. Se pasan el día viendo películas en el ordenador con la gente de aquí. La verdad es que son muy agradables. 


Pero a mí me da que se guardan algo en la cartera. ¿Telemetría? Mmmm...no me lo creo. Aquí hay gato encerrado. Vaya Vd a saber qué propósito hay detrás de la construcción de esas antenas. ¿Y si son la excusa para esconder alguna otra misión? ¿Y si tienen algo que ver con las pruebas nucleares? No sé, detectores de plutonio o de cesio camuflados en cajas con fines presuntamente “telemétricos”. Quizás el análisis de los radioisótopos presentes en la isla podría desvelar secretos de estado sobre la tecnología nuclear utilizada por los franceses durante las pruebas en Mururoa...no sé, no sé...eso de que uno de ellos sea militar...mmmm.

Esa tarde, sentado en mi silla del pontón, frente al comedor, mi cabeza no para de dar vueltas.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La vecindad de la bomba atómica


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa.Tan solo 400 km separan Rikitea de los atolones de Mururoa y Fangataufa, donde los franceses realizaron sus pruebas nucleares, por decirlo suavemente, o donde hacían explotar sus bombas atómicas por decirlo claramente.

Francia ha realizado un total de 210 ensayos nucleares a lo largo de toda la historia. Los 18 primeros tuvieron lugar en Argelia, durante la década de los 60. Más tarde, como Argelia quedaba demasiado cerca de París, los desplazaron al otro lado del mundo, no fuera que la radioactividad afectase a sus conciudadanos. Así que eligieron un sitio apartado, en donde los habitantes no entendiesen mucho de radioactividad: la Polinesia Francesa. Allí, a partir de 1966 se llevaron a cabo los 192 ensayos restantes, 45 aéreos y 147 subterráneos.

Por cierto, los ensayos nucleares se clasifican en cuatro tipos: (1) atmosféri-cos, (2) subterráneos, (3) extra-atmosféricos y (4) submarinos, tal como muestra el dibujito de la izquierda (¡ayyy, qué haríamos los blogeros sin Wikipedia!)
Los últimos ensayos que los franceses ejecutaron en Polinesia tuvieron lugar en 1995, justo antes de que Francia firmase el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, en 1996. Actualmente 51 países todavía no han ratificado el tratado y 17 ni siquiera lo han firmado, como India, Pakistán o Corea del Norte.
El despliegue de efectivos y el presupuesto que Francia destinó a toda esta historia fue absolutamente descomunal. Entre 1964-1966, la Marina francesa envió más de 100 buques para la construcción de las instalaciones del Centro de Experimentación del Pacífico (CEP) en Polinesia Francesa, incluyendo una sede en Papeete, la base aérea de Hao (460 km al noroeste de Mururoa), el polígono de tiro atómico de Mururoa, y el polígono de tiro atómico de Fangataufa. 

En el verano de 1965, se crea el Grupo Aeronaval del Pacífico (denominado Grupo Alfa) con más de 3.500 hombres y siete buques, entre navíos escoltas, petroleros y portaaviones (abajo, aeropuerto de Hao, donde los franceses construyeron una pista de aterrizaje de 3.300 m de largo para acoger grandes aviones militares)

Eso fue mientras duraron las pruebas. Pero el gasto y despliegue no acabó con la última bomba, ni mucho menos. Como compensación a los 275.000 habitantes de estas tierras por toda esta movida, Francia destina cantidades ingentes de euros cada año en infraestructuras, escuelas, salud, transporte, ayudas, etc...Exactamente a Francia le cuesta su querida Polinesia 1.500 millones de euros al año, o lo que es lo mismo, 5.500 euros por polinesio.

A pesar de todas estas pruebas nucleares y de toda la radiactividad liberada, los informes franceses aseguran que la incidencia de cáncer no ha aumentado. Por ejemplo, un estudio epidemiológico realizado sobre el período 2000-2004 concluye que la tasa de mortalidad por cáncer en Polinesia es incluso menor que en Francia: 271 por cada 100.000 polinesios, frente a 288 por cada 100.000 franceses. Y eso que el polinesio no va tanto al médico ni se cuida como en Europa, por lo que los cánceres aquí se detectan en estado más avanzado y son, por tanto, menos curables. Aparte, muchos de los casos de cáncer de tiroides presuntamente achacados a la radioactividad son, de hecho, consecuencia de la obesidad -que aumenta vertiginosamente en esta población- y no de las pruebas nucleares. Hay que ir con muchísimo cuidado con las conclusiones.

También se han realizado estudios epidemiológicos sobre la incidencia de cáncer según la distancia a Mururoa, en concreto, sobre poblaciones a menos de 500 km, entre 500 y 1000 km, y a más de 1000 km. No hay diferencias significativas. Además, en otro estudio, cuando se comparó la incidencia de cáncer entre Polinesia y Hawai (a 5.000 km de distancia) o Polinesia y Nueva Zelanda (también a 5.000 km de distancia), salió igual en el primer caso, e incluso menor en el segundo. ¿Será que al final la radioactividad resulta saludable y todo?

En 1987 Cousteau fue invitado a visitar Mururoa con el Calypso. Pasó 5 días con total libertad, tomando las muestras que creía necesarias y haciendo las pruebas que consideraba pertinentes, valorando y buscando el efecto de l’atomique. Su conclusión tras la expedición: aucun danger.
Por último, conocí a un ingeniero francés en el Aranui, el carguero que va a las Marquesas, cuyo trabajo era medir niveles de radioactividad en todas partes: suelo, agua, lechugas, frutas, peces, carne, huevos...Me dijo a mí personalmente que los niveles que él estaba registrando hoy aquí eran inferiores a los que hay en Francia (!)

Así que finalmente, a este país se podría pensar que le ha tocado la lotería: compensaciones a mansalva por una radioactividad, real pero controlada, que aparentemente no ha ocasionado ningún daño demostrado a la salud de la población.

Pero como en todo, siempre hay dos versiones. Michel me explica cosas que no salen en los informes, aunque hay que vigilar mucho con el efecto "boca-oreja" por el que las historias se maquillan a discreción de quien las explica y acaban totalmente distorsionadas. Me cuenta que durante los ensayos nucleares los franceses construyeron refugios atómicos en la isla de Mangareva. Tuvieron a toda la población encerrada en ellos durante varios días. Luego los desmantelaron, seguramente para ayudar a olvidar este episodio de la historia. Les dijeron que toda la radioactividad se concentraba en los techos de los refugios atómicos, no en el suelo (!), así que les aconsejaron protegerse bajo techos o árboles durante unos días...como si la radioactividad fuera una especie de lluvia. Una aberración. Ellos no se lo creyeron, el mangareviano es bondadoso pero no idiota.

Michel dice que aquí casi todas las personas padecen un cáncer antes de los 50 años de edad, algunos antes. Los franceses no lo reconocen y no les pagan los gastos médicos. Me cuenta que hubo una época en que murieron todos los caballos y todas las cabras. Ahora sobreviven, pero entonces no. Y yo, por mi parte, me percato de algo muy extraño: no hay ni una sola especie de ave terrestre en la isla, algo que no había visto en ninguna otro lugar de la Polinesia. Ni las omnipresentes tortolitas cebra, ni el abundante antojitos, nada, cero piu-piu por las mañanas. Los informes lo achacan al cambio en la vegetación...

La alcaldesa, por su parte, me contaba anoche que el porcentaje de casos de envenenamiento por ciguatera (ingesta de peces contaminados con un tipo de alga microscópica que el pez soporta pero que el ser humano no) ha aumentado con las pruebas nucleares.

Al final, cada uno dice la suya y cuesta sacar una conclusión fiable. Pero os diré una cosa: soy científico de profesión y llevo muchos años en el ramo de la medicina, por lo que conozco lo que es un estudio científico-médico, y la seriedad y rigor que conlleva su elaboración.Yo particularmente haría mucho más caso de las conclusiones de esos estudios que de las historias que cuenta la gente. Sobre lo que ya no puedo decir nada es de lo que Francia ha podido guardar en una carpeta bajo llave. Y parece ser que sí guardó información "clasificada".

Aún así, creo que el balance global entre el impacto de las pruebas nucleares realizadas en Polinesia Francesa y la compensación que han recibido y siguen recibiendo los habitantes de este territorio por parte de Francia, claramente favorece al habitante. Sin duda hoy en día el polinesio disfruta de un nivel de vida muy superior al que le tocaría de no haber sido por esas pruebas. Sólo hay que ver cómo están sus vecinos Tonga, Kiribati, Tuvalu o Samoa.

Así pues el saldo queda como sigue: por un lado dos islas deshabitadas contaminadas (Mururoa y Fangataufa) de las 118 islas que componen el territorio, y por otro, 275.000 almas que viven mejor que nunca.

Esa noche, me hago un autorretrato en el pontón y...sorpresa: desprendo un resplandor ¿será la radioactivdad? :-)

domingo, 2 de septiembre de 2012

Un día cualquiera en Rikitea


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa. Como cada día desde que llegué a las Gambier, amanece con el cielo sereno. A primera hora de la mañana, antes del desayuno, me acerco religiosamente hasta el final del pontón para impregnarme de la paz que reina en este rincón del planeta. Una embarcación transporta silenciosamente sobre el lagon calmado a los trabajadores de la granja perlera.

De repente oigo mi nombre a lo lejos, a mis espaldas. Es mi amigo Niko, el técnico en paneles solares, que viene a darme los buenos días y a desayunar conmigo. Niko es originario del atolón de Kaukura, una pequeña isla vecina a Rangiroa, sin puerto ni aeropuerto. Vive en Papeete y su empresa lo destina a las islas para instalar paneles solares. En esta ocasión le ha tocado Mangareva y se quedará por aquí toda semana. 


Durante el desayuno Niko me explica que los atolones como el suyo no tienen montaña, sólo agua a ambos lados de un angosto tramo de tierra, y que la motivación principal para que los niños de Kaukura como él fueran aplicados en clase era que solo así irían a la escuela superior en Tahiti, y entonces verían una montaña.

Al acabar, Marie ha venido a recibirnos con su nuevo nieto, que ha heredado los ojos del abuelo, Michel. Les pregunto si quieren que les haga alguna foto que luego enviaré por correo desde España. La gente se siente muy halagada cuando les pides un retrato, y en la foto se refleja porque sale lo mejor de la persona.


Al acabar, Michel me lleva en coche a Rikitea, el pueblo. En el muelle se acerca un bote patrulla francés, La Railleuse. Una niña se lo mira con recelo, y hasta parece asustarse: ¿qué hace un barco de guerra en mi isla? ¿para qué lleva esos cañones? ¿y esos señores, por qué van disfrazados? -me imagino que se pregunta.


Aparte de este, diríamos, "incidente", en el pueblo la vida transcurre tranquilamente, como cualquier otro día. La gente se pasea en bicicleta, los jóvenes juegan a la pelota en la cancha del polideportivo, las obras de la catedral prosiguen su curso... Aquí, en el fin del mundo, normalmente pasan pocas cosas.
Excepto esta noche: en la pensión tenemos una invitada de lujo porque viene a cenar la alcaldesa de Rikitea y gobernadora de las Gambier, la señora Monique Richeton. 

No sé si por causalidad o porque le pica la curiosidad hablar con un español, acaba sentada a mi derecha. Mantenemos una conversación muy agradable, aunque la señora tiene su carácter. Me explica toda clase de detalles relacionados con las pruebas nucleares, un tema muy caliente en las Gambier por la vecindad geográfica de la isla de Mururuoa, pero de lo que me explicó os hablaré mañana. 

A mi otro lado está sentado Niko, que no para de servirme vino. Tanto, que al final no recuerdo si a la alcaldesa le he hablado de neutrones acelerados contra núcleos de uranio enriquecido, o de la Macarena. Lo único que recuerdo es que ese vino estaba buenísimo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Un paseo por el lagon de las Gambier


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa. Hoy los hijos de Benoît nos proponen visitar las diferentes islas que componen el archipiélago de las Gambier. Hace un día clarísimo, fresco, sin viento y con una luz excepcional. Qué más puedo pedir.

La excursión comienza en Rikitea, en cuyo muelle nos espera Benoît y sus hijos Ben y Paul. Me acompañan una pareja de belgas con un equipo fotográfico de los que no se acostumbran a ver por esos mundos. El, Luc, me dice que lo ha conseguido gracias a una promoción laboral por sólo 700 €. A lo tonto a lo tonto, calculo que como mínimo lo que lleva ese hombre en su bolsa sobrepasa los 20.000€, y, lo más sorprendente, nunca antes ha tenido una cámara fotográfica. Esta excursión promete.

Nuestra primera escala es en la isla de Akamaru y su islote vecino Mekiro. Allí se encuentra la catedral de Nôtre Mère de la Paix, construida (cómo no) bajo las órdenes del padre Laval en 1862. Aquí no vive nadie, pero el interior de la iglesia permanece impecablemente bien cuidado y limpio.

Fuera, frente a la iglesia, hay un antiguo horno de pan hecho de piedra. Ben posa para la foto.

Anteriormente, en la época anterior al padre Laval y también durante su estancia, aquí vivía gente. Fue a partir del siglo 20 cuando los habitantes del archipiélago se desplazaron en masa a la isla principal, Mangareva.
El agua alrededor de la isla de Akamaru es de una claridad y color como nunca antes he visto en ningún otro lugar. Dicen que el lagon de Bora Bora tiene los colores turquesas más bonitos de la Polinesia: se equivocan, nada supera el colorido de este lugar. Juzgad vosotros mismos sino:

Seguidamente hacemos una pequeña parada en el islote vecino de Mekiro, desde cuya cima se divisa un panorama imponente:




Tras un agradecido baño en estas aguas tranquilas, los Benoît dirigen la embarcación rumbo hacia una pequeña isla denominada (poco originalmente) Île-aux-oiseaux, o isla de los pájaros. Al otro lado de la isla se encuentra el arrecife, frente al inmenso Océano Pacífico.






Por si no tuviéramos suficiente con tanta belleza y colorido, a continuación desembarcamos en la isla de Taravai, donde nos encontramos con otra iglesia: la de Saint Gabriel, acabada en 1868. Actualmente, el censo de habitantes de la isla es de...tres personas.



Finalmente nos dirigimos a la isla de Aukena, donde se construyó la primera iglesia de piedra de Polinesia, y también una escuela. Pero ya no cuelgo más fotos porque llevo muchas. Tan sólo la de la llegada de vuelta a Rikitea, con su estupenda catedral de Saint Michel en obras.

Bueno, va, una más (es obligada, lo siento): tras este largo e intenso día, al llegar a la pensión me encuentro con un atardecer en el pontón de los que hace historia. Aquí os dejo la prueba:

viernes, 31 de agosto de 2012

La perla negra de Gambier


Mangareva, Les Gambier, Polinesia Francesa. La perla negra se cultiva en gran parte del Océano Pacífico, pero la más bonita se encuentra en Polinesia Francesa...y dentro de la Polinesia, la superstar, la top quality, la que todas desean, se produce aquí, en las Gambier. Ninguna otra perla negra del mundo presenta la gama de tonalidades verdosas, azuladas y violetas como la perla de este apartado y bellísimo archipiélago.

La ostra perlera era conocida por los habitantes de estas tierras mucho antes de que llegaran los europeos. Sin embargo no era la perla en sí lo que interesaba más a los maohi sino su nácar, que utilizaban como arma u ornamento. Ocurría, sin embargo, que muy de vez en cuando la ostra sorprendía al recolector con un regalillo: una perla negra en su interior. Eso ocurría en 1 de cada 15.000 ostras. Al afortunado por los dioses no la perforaba ni la colgaba de un collar sino que la guardaba en una bolsita, como parte de su patrimonio.

Pero 1 entre 15.000 no era un negocio muy rentable, así que los japoneses idearon un método para "inducir" a las ostras a formar perlas. En 1960 el francés Jean-Marie Domard importa la técnica del Japón y en 1961 cultiva 5.000 ostras en el atolón Hikueru de las Tuamotu, las cuales producían más de 1000 perlas tres años más tarde. La cosa prosperó...y de qué manera: en 2005 el país generaba ya 5 toneladas. Hoy en día la perla negra de Tahiti se utiliza en la elaboración de las más preciosas joyas de todo el mundo.

La industria perlera es la principal fuente de ingresos en Gambier. El lagon alberga más de cien granjas. Un buen empresario local puede sacar un beneficio neto anual de 1 millón de euros al año. Ahí queda eso. 


Aquí abajo, una de las más de cien granjas perleras que pueblan el lagon de las Gambier:

El proceso de obtención de una perla negra de calidad es caprichoso, lento y costoso. Por de pronto no todas las islas del Pacífico ofrecen las condiciones adecuadas para su crecimiento. Hace falta un lagon con una combinación precisa de salinidad, temperatura, profundidad, escasez de fitoplancton, aguas calmadas, que tenga al menos un passe, que la naturaleza del fondo sea adecuada...y así podríamos seguir un buen rato. 

En consecuencia, sólo algunos atolones de las Tuamotu, el archipiélago de las Gambier, la isla de Mopelia, y la isla de Huahine producen perlas negras de calidad. El resto de islas lo ha intentado sin éxito. En 2010 me quedé sorprendido de observar la pésima calidad de la perla de las Islas Cook comparadas con las de Tahiti.

Pero de todas las perlas negras de Tahiti, sin lugar a dudas, la más preciada es la de aquí, la Gambier. Su color, brillo y perfección es sencillamente una maravilla de la naturaleza. Una vez has visto una perla de Gambier ya no te gusta ninguna más. Aquí os muestro un puñado, aunque las fotos son poco agradecidas.

El joven Achiles es miembro de la familia de la pensión donde me alojo. Tonio, su tío y padrastro, tiene, como tantos otros mangarevianos, una granja perlera. Esta mañana le pido a Achiles que me lleve a verla. Cogemos el jeep y lo aparcamos en el otro extremo de Mangareva, en una bahía apartada. Tras recorrer un pontón que parece acabar en el horizonte, nos espera su hermanastro, de apenas 8 años, que maneja la lancha como un profesional.


Una vez en la granja, Achiles me da una clase in situ que me viene “de perlas”. El proceso de obtención de una perla lleva más de 4 años de trabajo. Por de pronto hay que producir las huevas, tarea que generalmente corre a cargo de un especialista, no del perlicultor. El perlicultor, ahora sí, hace crecer las huevas hasta la madurez en celdas submarinas individuales, dispuestas a modo de red en zonas bien seleccionadas del lagon. Durante el año siguiente serán cuidadas por buceadores de la granja, que las limpiarán periódicamente de algas y parásitos.

Transcurrido este período de crecimiento llega el momento de “pasar por el quirófano”. Así como una perla natural es el resultado de un mecanismo de defensa de la ostra frente a la intrusión de un elemento extraño de origen natural (normalmente un grano de arena), hoy la intrusión del elemento extraño la lleva a cabo un chino. Sí, ha de ser chino pues parece ser que sólo ellos conocen la técnica (bueno, los japoneses también, pero cobran 10 veces más). El "elemento extraño" es una esferita (o núcleo) hecha de un material procedente de la cáscara de un caracol del río Mississipi. Más sofisticado imposible. El diámetro de ese núcleo oscila entre 4 y 12 mm según el tamaño de la perla que se busque.

El cirujano abre ligeramente la ostra con la ayuda de un fórceps, practica una pequeña incisión en las gónadas del bivalvo con un bisturí, e introduce dos elementos en su interior: el mencionado núcleo y un injerto de tejido liso procedente del nácar de otra ostra (la donante) que transmitirá el color y los reflejos a la nueva perla.

En la granja de Tonio, Kaka se dispone a introducir el injerto en una ostra, una operación que realiza de 400 a 600 veces cada día a una velocidad tal que ni siquiera te da tiempo a entender sus movimientos.

A partir de este momento, la ostra se vuelve a sumergir en su celda individual y se espera tres años a que se forme la perla alrededor del núcleo. 

Mientras, los hijos de Tonio juegan y se zambullen entre las aguas que la alimentan. Quizás la alegría de esos niños se filtre de alguna manera en estas perlas y juegue un papel importante en su particular belleza.

Las ostras que han producido las perlas más bonitas son injertadas de nuevo, esta vez con un núcleo mayor. Una buena ostra puede producir hasta 3 o 4 perlas.

En total, de 200 huevas, 100 llegan a ser injertadas, de las cuales únicamente 30 producirán una perla oficialmente vendible (es decir, de más de 0,8 mm de espesor de nácar), y de esas 30, sólo 3 serán muy bonitas o perfectas (clase A). Mucho trabajo para pocas perlas. Por eso son tan caras: una perla negra de 18 mm, clase A, tiene un valor aproximado en tienda de de 9.000 euros.

Sorprendentemente, el 100% de la producción perlífera de las Gambier se va directamente al Japón. Ni siquiera pasa por Papeete. Aquí, en Mangareva, no hay ni una sola tienda donde adquirirlas. Así que, paradójicamente, si uno quiere comprar una perla Gambier tiene que ir a Tokyo. Bueno...esto es la teoría...confieso que yo me vengo con unas cuantas que "guardo en una bolsita, como parte de mi patrimonio", tal como hicieran los maohis durante siglos.