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viernes, 13 de abril de 2012

Cabo Tegetthoff, Isla de Hall

Isla Hall, Tierra de Francisco José, Rusia. Estamos anclados delante la isla de Hall, frente al cabo Tegetthoff. Sus dos farallones dan un toque soberbio y misterioso al lugar. Ayer noche, al llegar, los vimos contrastando con el sol de medianoche.

El día siguiente amanece con niebla y lluvia. El capitán decide no tomar tierra e ir directamente a la vecina isla de Wilczek, la primera tierra que vio la expedición de von Payer en 1873. Aquí se encuentra la tumba de uno de los miembros de aquella expedición austríaca, el maquinista Otto Krisch. La mayoría del pasaje asciende a la tumba por un camino de vértigo. El bueno de John y yo nos quedamos en la zodiac, y los dos tripulantes rusos nos propinan con un pequeño paseo por la costa. Un precioso arao aliblanco nos deleita la vista con sus patas rojas como la sangre.

Al mediodía volvemos a intentar el desembarco en cabo Tegetthoff, en la isla de Hall. Esta vez sí logramos poner pie en tierra. Las dos agujas nos resguardan. No muy lejos de la costa, en una explanada repleta de musgo, vemos una cabaña abandonada. Nos acercamos. A su alrededor descubrimos restos de vidrio, cerámica, film de película fotográfica, cajas de cerillas, hasta una caja de de comida semiabierta de la que salía un cierto olor a patata. Se trata de la cabaña de la expedición del americano Walter Wellmann que acampó aquí en 1898, y que el frío polar había mantenido prácticamente intacta durante un siglo. Wellmann había recibido permiso de Jackson (el que rescató a Nansen) para utilizar parte de las reservas que habían dejado atrás.

Posiblemente éramos los primeros que visitaban este lugar desde que Wellmann lo abandonase hace un siglo. El acceso a la Tierra de Francisco-José estuvo cerrado a los occidentales hasta 1991, año en que Rusia puso final a la guerra fría y comenzaron a abrir las fronteras. Los años 92, 93 y 94, nuestro buque, el Profesor Molchanov, intentó llegar al archipiélago con un grupo de turistas pero se encontró con un mar helado que no les dejó pasar más allá de la isla de Northbrook, en el sur (la que visitaremos mañana). En este cuarto intento el hielo ha retrocedido mucho y por fin se ha podido navegar por el archipiélago en toda su extensión. Hay un matrimonio austríaco en el pasaje que ha estado en todas las expediciones anteriores del Profesor Molchanov. En esta ocasión, por fin han conseguido llegar; ellos, y el resto de la tripulación.

jueves, 12 de abril de 2012

Encuentro con morsas

Isla Apollon, Tierra de Francisco José, Rusia. Ayer noche echamos ancla en la costa este de la isla de Payer, frente al islote de Apollon donde habita una colonia de 120 morsas. Como de costumbre, a las 9:00 comienza el vaivén de zodiacs.

Desembarcamos en el islote y nos encontramos con un grupo de morsas que realmente parecen alucinar con nosotros. Somos la distracción del día, quizás del año. Curiosas a más no poder, van, vienen, se acercan, se alejan, salen un poco del agua, vuelven a sumergirse, se alborotan, se calman, nos miran fijamente... A pesar de su grotesco aspecto, parecen seres muy inteligentes. Eso sí, la peste a orín es fortísima.



A todo esto, el capitán del Profesor Molchanov, que por primera vez abandona el barco, me pide que le haga una foto con su buque detrás. ¡Es ruso, ruso, ruso!

Por encima de nuestras cabezas, una gaviota parece querer decirnos que es hora de volver al barco. Llevamos 3h aquí y el frío va calando.

miércoles, 11 de abril de 2012

Isla Rudolph

Isla Rudolph, Tierra de Francisco José, RusiaHoy desembarcamos en la isla de Rudolph, la más septentrional del archipiélago. Aquí se encuentra una estación científica rusa, con dos personas, una mujer y un hombre. La caminata desde la zodiac hasta la estación es larga y penosa, con nieve hasta las rodillas y rodeada de deshechos. Más que una estación científica esto parece un basurero: maderas sueltas por doquier, charcos de petróleo y aceite, bidones oxidados, vamos, un auténtico desastre ecológico.

La señora nos recibe con galletitas recién hechas. Dentro, la cosa no está tan mal: TV, música y una biblioteca amplísima con más de 1000 libros, casi todos novelas. Aún así, esperan impacientes el día que el helicóptero les ha de devolver al continente.

Tras la calurosa visita, regresamos a las zodiacs y ponemos rumbo hacia el Cabo Fligely, ahora sí, el punto más al N del continente euroasiático, a 81º51’N de latitud. Allí los más excursionistas desembarcan para coronar el lugar. Yo los observo desde el puente y les hago fotografías.

Fuimos realmente afortunados de poder llegar hasta aquí. Hoy, 17 años después, puedo leer lo siguiente en internet:

Accessibility of Rudolf Island by conventionally powered vessels varies drastically from summer to summer, to be illustrated by two extremes: In 1995, the relatively small PROFESSOR MOLCHANOV reached the island without touching much ice at all and also in other years like 2010, the sea around the island has been mostly ice-free for weeks in summer. In 2011, the AKADEMIK SHOKALSKIY could reach Teplitz Bay, but the started landing had to be stopped due to approaching drift-ice too heavy for the zodiacs.

Para acabar el día, el capitán del Profesor Molchanov decide poner rumbo directo hacia el polo, hasta que el casquete polar nos impida seguir. Eso ocurre a la latitud 82º00’N. Ronnie y el resto de la tripulación abren una botella de champán y celebramos nuestro pequeño hito.

martes, 10 de abril de 2012

El Tegetthoff

Isla Ziegler, Tierra de Francisco José, Rusia. Después de jugar a arqueólogos en la isla de Jackson, el capitán del Profesor Molchanov pone rumbo hacia la isla de Ziegler, en el canal de Rhodes. La niebla sigue espesa, pero de repente, como por arte de magia, como si de un regalo divino se tratara, se desvanece. Aparece el perfil de la isla de Ziegler, y...oh...el de un velero embarrancado en el hielo.

Se trata del Tegetthoff, o mejor dicho, de una réplica del Tegetthoff. Pero ¿qué hace aquí, perdida y solitaria, una réplica del buque de la expedición austríaca que descubrió el archipiélago en 1873? Resulta que la televisión nacional austríaca, la ORF, decidió realizar un reportaje conmemorativo del descubrimiento de estas islas por parte de su compatriota Julius von Payer. Llegaron equipados con perros, cámaras, actores, etc...en un rompehielos nuclear ruso. Y colocaron una réplica 1:1 del buque de Payer, el Tegetthoff, aquí, en esta bahía de Ziegler. La logística era complicada, ya os lo podéis imaginar. Ronnie nos dijo que la compañía había quebrado y que el proyecto estaba abandonado, pero ahora, buscando en internet, he visto que el programa finalmente se completó y fue emitido en 2003 con el título “Die arktische odyssee der Tegetthoff”.


Seguidamente damos una larga caminata por la isla, aprovechando el buen tiempo. De nuevo vemos osos polares, una hembra con su osezno. Están lejos, y dada la experiencia de ayer, mejor los dejamos en paz. Aún así, en un momento dado la hembra parece que quiere acercarse hacia nosotros. Ronnie lanza una bengala roja al aire, y la disuadimos. Seguimos nuestro paseo, siempre con ojo avizor. El espectáculo, la soledad, el frío, las sensaciones, todos es muy intenso aquí.

Finalmente subimos a las zodiacs y llegamos a nuestro barco. Aprovechando la clemencia del tiempo y el estado del hielo, el capitán decide entonces adentrarse en el canal de Rhodes, el que hay entre esta isla de Ziegler y la de Salisbury.

lunes, 9 de abril de 2012

En la cabaña de Jansen y Johansen


Isla Jackson, Tierra de Francisco José,
Rusia. Estamos anclados frente la isla de Jackson. La temperatura del agua ha descendido a 3.8ºC. Hay que estar al tanto, pues puede seguir bajando y no queremos quedar atrapados entre el hielo. Hace mal tiempo y sopla viento, con lo que deberemos esperar a mañana para intentar el desembarco.

La isla de Jackson tiene un interés especial. Este mes hace exactamente 100 años que los exploradores noruegos Nansen y Johansen tuvieron que pasar el invierno aquí tras su intento fallido de llegar al polo norte, en verano de 1885.

La expedición de Fritjof Nansen podría haber sido toda una hazaña. Pero se quedó en el intento. Aún así es digna de contar: Nansen quería abordar el polo norte “dejándose llevar”. Sabía que los restos de un buque aplastado por el hielo en Siberia en 1891, el Jeannette de deLong, habían sido encontrados tres años después en Groenlandia. Es decir, el hielo ártico los había llevado hasta allí, pasando por, o muy cerca de, el Polo Norte. Pues ya está -pensó- me presento con mi barco en verano en la costa donde naufragó ese barco, espero que llegue el invierno y se hiele el mar, y me dejo transportar tranquilamente por el hielo hacia Groenlandia, y, para cuando vea que paso por el Polo Norte, me apeo y planto la bandera noruega.

Ingenioso ¿no? Así que Nansen y 12 tripulantes más se embarcaron en 1893 en el Fram, navegaron hasta las costas de Nueva Siberia y esperaron a que llegase el invierno. Al cabo de dos años atrapados en el hielo, realmente se habían desplazado hacia el NE, aunque más lentamente de lo esperado. Hartos de tanto zigzagueo, el 14 de marzo de 1895, Nansen consideró que había llegado el momento de hacer algo. Entonces él y Johansen abandonaron el Fram y se dirigieron en trineo dirección al Polo Norte. Pero por desgracia, tras un penoso mes de marcha abarrotada de problemas se dieron cuenta de que el hielo los desplazaba hacia al sur más rápidamente de lo que ellos avanzaban hacia el norte. Cuando habían alcanzado los 86º 13’ de latitud norte (de por sí ya un récord) claudicaron y decidieron poner rumbo hacia el sur: era imposible continuar.

Tras un viaje epopéyico finalmente avistaron tierra a finales de Julio de ese año, 4 meses después de abandonar el Fram. No sabían dónde estaban. Luego averiguaron que era la isla Rudolph, en la Tierra de Francisco-José. Prosiguieron dirección sur y finalmente en agosto encontraron un lugar donde construir una cabaña para pasar el invierno, pues ya era imposible intentar alcanzar la civilización ese mismo año. Y ese lugar está aquí escondido, entre musgos y piedras, en la isla de Jackson, frente a nosotros. Y lo vamos a visitar ahora, cien años después.

Ronnie, nuestro líder, busca con sus prismáticos desde el puente del Profesor Molchanov. “Allí -grita entusiasmado- ya lo tengo”. Pero no es hasta la mañana siguiente que intentaremos desembarcar pues hoy es tarde y hace mucho viento.

Al día siguiente el viento ha amainado. El cielo está encapotado y hay niebla. Nos montamos en las zodiacs, nos equipamos con todo lo que disponemos contra el frío y desembarcamos. Y allí estaban los restos de la cabaña de Nansen y Johansen, con el tronco de pino que había sostenido su techo de tela durante 8 meses, tal como Nansen describía en su diario. Durante mucho tiempo los arqueólogos intentaron localizar estos restos, pero no fue hasta 1992, hace 3 años, que una señora noruega dio con ellos. El año pasado (1994) se colocó una placa conmemorativa y nosotros somos, probablemente, los terceros o cuartos que visitamos el lugar.

Tras un siglo de soledad, el lugar conserva todo su misterio: todavía están los huesos de los osos polares y morsas que sirvieron de alimento a los dos exploradores, esparcidos por los alrededores. Un trozo de alambre enrollado a una llave. Trocitos de madera aquí y allí. Una cacerola. Increíble.

Tras un invierno frío y solitario, el sol volvió a salir para Nansen y Johansen en Febrero de 1896. Recogieron sus enseres y se pusieron rumbo hacia el sur en kayac. Cuatro meses después, cuando estaban en la isla de Northbrook, la más meridional, escucharon unos ladridos. ¿ladridos? ¡Un perro no puede vivir solo en estos lugares! ¡Tenía que haber alguien! ¡Por fin! 

Nansen buscó, y buscó, y por fin vio a un hombre, que reconoció enseguida: era Frederik Jackson, un explorador escocés que estuvo a punto de ir en el Fram. Pero el escocés no pudo reconocerlo, tal era el aspecto haraposo y con la piel negra de hollín de nuestro héroe. Jackson le informó de dónde estaban. Nansen y Johansen debieron de dar gracias a Dios por el encuentro, pues con sus kayacs nunca podrían haber llegado hasta Svalbard. En cuanto al Fram la tripulación tuvo que pasar un tercer invierno en el ártico antes no llegaron a Noruega, en junio de 1896. No habían conquistado el Polo, pero habían realizado una gran hazaña.

domingo, 8 de abril de 2012

La Tierra de Francisco-José

Professor Molchanov, Isla Hooker, Tierra de Francisco José, Rusia. ¡Vaya nochecita de navegación! El campo de hielo ha resultado muy extenso y el barco ha estado topando continuamente contra los témpanos, despertándonos a cada golpe. Pero esta mañana el mar estaba como una balsa de aceite y hemos podido recuperar el tiempo perdido.

El parte meteorológico no puede ser más favorable. Las aguas de nuestro destino, el archipiélago de Francisco-José, están libres de hielo, algo que aparentemente no ocurría hacía años. Todo parece indicar que podremos navegar entre las islas y llegar al punto más al norte, aunque el capitán advierte que la climatología puede cambiar en cuestión de horas.

¿Dónde para eso de la La Tierra de Francisco-José, Franz-Joseph Land, o Zemlya Fransa-Iosifa? Se trata de un archipiélago ruso de 191 islas situado al norte de Siberia, con una superficie total de aproximadamente la mitad de Cataluña. Es también la tierra más septentrional de Eurasia, con una latitud de 82 ºN, a tan sólo 1.000 km del polo norte. Fue descubierta en 1873 por una expedición austro-húngara (de ahí su nombre). El archipiélago está deshabitado, excepto por algún que otro científico ruso que de vez en cuando es destinado a algunas de estas bases científico-meteorológicas.

Llegamos por fin a la primera isla, Hooker. La temperatura fuera es de -2ºC, y estamos anclados en la bahía de Bukhta Tikhaja, frente a la estación meteorológica Sedov. En teoría está abandonada, pero...sorpresa... de una de las cabañas sale humo por la chimenea...¿hay alguien ahí?

Ronnie, el guía, decide botar la zodiac e ir a investigar. Efectivamente, hay personal ruso. Hacemos varios viajes en zodiac hasta la costa. Fuera, los témpanos se mueven a velocidades preocupantes y el cielo está muy cubierto.


De repente un oso polar aparece en escena. Merodea por los alrededores, se sube a un témpano, baja, va y viene, como si estuviera escudriñando cada uno de nuestros movimientos. Mi hermano lleva hoy la cámara y consigue unas buenas fotos (¡gracias Jaume!).

Hasta aquí todo muy bonito, pero advierto que lo que viene puede herir sensibilidades... En un determinado momento, el oso que hace un momento andaba entre témpanos toma tierra, cerca de donde se encontraba el científico ruso. ¡Demasiado cerca! Nosotros estamos todos distribuidos en zodiacs, todavía no hemos llegado a tierra, pero la escena ocurre en nuestras narices. El oso se dirige hacia el científico. El científico le propina un par de gritos para asustarlo, el oso se para un momento, extrañado, pero no se va. El científico retrocede haciendo movimientos bruscos con el rifle para intimidar a la bestia. Pero el oso sigue acercándose y cuando está a 2 m, se levanta para atacar al ruso y hacerle rodajas de un zarpazo. Y de repente...de repente...dos disparos.


Dos terribles disparos abaten al oso. Dos disparos que suenan a terror en medio del silencio ártico, en medio de la nada. En las zodiacs nos quedamos sin respiración. Comienzan los lamentos “noooo... nooo” tristes y desesperados, y alguna chica irrumpe en llanto: nosotros, los supuestos turistas ecológicos, amantes y respetuosos de la naturaleza, habíamos forzado la muerte de un inocente oso polar que vivía feliz y pacíficamente en su medio hasta nuestra llegada. Era el mayor de los contrasentidos. Los más tocados por la tragedia nos fuimos de regreso al barco. Mi hermano Jaume, que estaba en otra zodiac, llega a tierra y toma esta trágica foto:

A la vuelta, me cuenta que han hablado con el científico. Ese oso hacía días que merodeaba por el lugar haciendo la vida imposible al personal. Tenía que ocurrir un día u otro. Cuando te encuentras cara a cara con un oso polar, o lo abates, o te come. Son fieras extremadamente peligrosas, a pesar de su aspecto de peluche. Pero el consuelo no nos cambió el ánimo. Ese día casi nadie habló el resto del día. Fue el peor de los comienzos.