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sábado, 27 de julio de 2013

El cangrejo ermitaño

Tikehau, Archipiélago de las Tuamotu, Polinesia Francesa. No hay mucha cosa que hacer en un pequeño motu de un atolón en medio del océano Pacífico...y todavía menos si el agua está turbia y hace un viento del carajo (aunque aquí no hay grajo que vuele bajo). Así que me lo tomo con filosofía y me dedico a observar a los cangrejos ermitaños que deambulan por la playa.

Curiosa vida la de estos crustáceos. Elijo un lugar en la arena y me siento. Por el momento, nada se mueve. Pero a los pocos segundos, todas las conchas y conchitas que parecían muertas sobre la arena se ponen en movimiento como por arte de birlibirloque, unas para aquí otras para allá. Son los cangrejos ermitaños, esos seres de aspecto “alienesco” que se agencian una concha vacía de caracol para protegerse de los peligros externos, y que la acarrean consigo allá donde vayan.

Me distraigo cogiéndolos con la mano y depositándolos allí donde me plazca. Al cabo de unos segundos, sacan las patas -que tenían doblegadas a modo de “puerta de seguridad”- asoman la cabeza con dos enormes ojos, mueven las antenas y comienzan a desplazarse lentamente hacia un lugar más seguro que el que tú has escogido.

Me hubiera gustado pillar un “cambio de casa”, ese momento en que el animalillo ya ha crecido tanto que necesita una habitación más grande. Debe ser un momento muy personal, en que por unos momentos, el cangrejo deja ver sus partes más íntimas, esas que siempre quedan dentro la caracola, algo así como “quedarse en pelotas”.

Por el momento me contento con una grisácea puesta de sol en la playita de los bernard l’ermite, como es como llaman aquí a esos monstruitos.

martes, 23 de julio de 2013

Tikehau

Tikehau, Archipiélago de las Tuamotu, Polinesia Francesa. Tikehau es un atolón de las Tuamotu situado justo al oeste de Rangiroa, a cuyo municipio pertenece. Con unas dimensiones de 27 x 19 km, se trata de un atoll de dimensiones relativamente pequeñas, pero rico en fauna. No en vano Cousteau calificó sus aguas como "las más ricas en peces del mundo".

El archipiélago de las Tuamotu constituye una de las 5 divisiones geográficas de Polinesia Francesa. Lo forman 80 atolones esparcidos por una vasta zona del océano al este de Tahiti. De hecho Tuamotu significa muchas (tua) islas (motu) en polinesio.

Los atolones son las islas geológicamente más antiguas de la zona. Del antiguo volcán que las formó solo queda el arrecife de coral que lo envolvía. La montaña central ya ha desaparecido bajo el mar. Así acabarán todas las otras islas volcánicas de la zona dentro de unos pocos millones de años. Las más jóvenes, como las Marquesas, todavía no tienen arrecife. Tahiti y Moorea poseen ya un arrecife que las envuelve, pero todavía no se ha formado el lagon (2). Las de “mediana edad”, como Bora Bora o Maupiti, están a medio camino (2), es decir, conservan parte de su volcán central, tienen un buen arrecife arenoso (motus) a su alrededor y un lagon central. Por último, en los atolones como Tikehau, Rangiroa, o el tristemente famoso Mururoa, el volcán central se lo ha tragado el mar.

En Tikehau me alojo en una pensión-hotel ubicada en un pequeño motu de nombre Ninamu, al oeste del pueblo de Tuherahera. Hay 5 bungalows construidos siguiendo el estilo más tradicional y decorados a base de cañas y troncos con un gusto -debo decir- exquisito. Su dueño, un ex-surfero australiano, compró la isla y los construyó él mismo con la ayuda de su hermano y un local. Tardaron 3 años.

Enfrente, una preciosa playa que da al lagon 
Por desgracia, desde hace unos días que sopla un viento fortísimo y fuera hay unos nubarrones que asustan. Aunque todos pensamos en la Polinesia como un lugar de aguas calmadas, días soleados y brisas suaves, de vez en cuando este país muestra su cara más hostil. El mal tiempo también tiene su lado bello, una belleza, por cierto, que no vemos nunca en los escaparates de las agencias de viajes.


Al llegar al aeropuerto oigo decir a unos italianos que están haciendo la cola del avión para Papeete "por fin nos vamos de este infierno". Los pobres llevaban cuatro días bajo la lluvia y con un viento de mil pares. Y es que venir desde tan lejos con la idea prefijada del paraíso es muy arriesgado porque aquí, cuando hace mal tiempo (y lo hace a menudo) todo cambia radicalmente. 
Aunque, de vez en cuando, aparece alguna bonita vista, como esta de una antigua granja perlera, hoy en desuso.