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sábado, 3 de noviembre de 2012

Upolu


Apia, Isla Upolu, Samoa. Hoy, mi último día en Samoa, lo dedico a visitar la isla de Upolu. El turismo es tan escaso por estas tierras que no se apunta nadie más al tour: soy el único del grupo. Franck, un austríaco retirado, me hace de guía. Salimos de Apia en su van dirección este, por bordeando la costa norte.



Nuestra primera parada es en el Piula College, una academia teológica metodista de principios de siglo. Justo debajo del edificio se encuentra la piscina Falumea, una cueva de agua dulce donde vive una anguila gigante, vieja y ciega. Frank y yo nos metemos en el agua con gafas y tubo y damos con ella. La pobre, está bastante hecha polvo.

Seguimos hacia el este y enseguida llegamos a la impresionante bahía de Fagaloa, en la costa norte. La densidad de la vegetación es espectacular.

Nos acercamos hasta la punta este, en Namua, donde hay algunos islotes y 7 fales equipados para pernoctar. Allí recogemos a un americano, John, un tipo de 57 años muy peculiar. Tras trabajar duro como policía en NY durante 10 años y mantener a los hijos de su novia, ésta le abandona el mes pasado y le deja el corazón roto. Lo compensa con este viaje y muchas, muchas cervezas.

Seguimos nuestro trayecto hacia el oeste, ahora por la costa sur. John pide parar varias veces para comprar más cervezas: ahora ya son de las grandes, de las de medio litro. Cada vez habla más y vocaliza menos. Alaba la cultura samoana y nos repite una y otra vez a mí y a Franck, los sujetos pasivos de su borrachera, que de todos los países que ha visitado, este es el único que está seguro que volverá algún día. Alucina con lo bien cuidado que está todo. Y lleva razón: Upolu parece un gigantesco jardín.

Continuamos por la costa sur y llegamos a la cascada de Togitogiga, en la entrada del parque nacional de O Le Pupu-Pue, que en samoano significa "desde la costa a la cima de la montaña". En efecto, arriba se encuentra la montaña más alta de la isla, el Monte Fito, de 1028 m.

Al cabo de poco dejamos a John en un fale en los manglares de Mulivae, en la costa sur. Ciertamente, este es un lugar idílico para consumir su cargamento de cervezas y dormir la toña plácidamente. Nos despedimos de él y con Frank decidimos volver a Apia: fuera se ha puesto a llover torrencialmente. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

A la salida de misa en Apia


Apia, Isla Upolu, Samoa. Hoy domingo hay oficio a las 9h en el templo metodista de Apia. Los feligreses acuden a misa con sus trajes más pulcros y sus sombreros más vistosos. Da gusto pasear por la ciudad, cámara en mano, y sacar fotografías de la gente.



La religión cristiana está muy arraigada en la población samoana. Los misioneros hicieron una excelente labor en estar tierras. Tanto es así que las Samoas, Tonga y otras islas vecinas se conocen hoy en día como "El cinturón bíblico del Pacífico". 



Los pastores de la iglesia viven muy bien, generalmente en la casa más grande y lujosa del pueblo, ayudados por las donaciones de los creyentes. Algunas familias destinan hasta un 30% de sus ingresos a estos fines.



Hoy en día, la mitad de los samoanos son protestantes, un 25% son católicos y el resto metodistas o mormones. Curiosamente, aquí en Apia se encuentra también uno de los 7 templos bahaístas que hay en el mundo. 


Más que en ninguna otra parte del Pacífico, el domingo en Samoa es absolutamente sagrado: todo está parado y cerrado. Incluso se ruega no bañarse en las playas en domingo. Lo único que parece funcionar mínimamente es el hotel Aggie Grey así que me acerco a tomar una Vailima, la cerveza nacional.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Villa Vailima, la casa de Robert Louis Stevenson


Villa Vailima, Isla Upolu, Samoa. Hoy he pasado la mañana en casa de Robert Louis Stevenson, el popular escritor escocés que tanto nos deleitó con su Isla del Tesoro o El Extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Gravemente enfermo de tuberculosis, Stevenson se instaló en Samoa confiando en que este clima resultaría más saludable para su enfermedad. La verdad es que murió 4 años después de su llegada, y que probablemente el calor y la humedad samoana no le hicieron ningún bien.

Aquí, a 4 km de Apia, Stevenson compró un terreno y erigió su mansión, Villa Vailima, donde convivió con su madre, su mujer Fanny y los hijos y nietos de ésta. A juzgar por las fotos y relatos que han llegado hasta nuestros días, el clan no parecía demasiado feliz en Vailima, siempre envuelto en peleas y enfermedades, en enfados y reconciliaciones.

Su cuerpo yace en la cima del vecino monte Vaea, donde él quiso que lo enterraran "con las botas puestas". En su tumba figura grabado el nombre Tusitala, que le dieron los samoanos a los que amaba profundamente, y que significa "el contador de historias". Su epitafio reza:


Under the wide and starry sky,
Dig the grave and let me lie.
Glad did I live and gladly die.
And I laid me down with a will.
This be the verse you grave for me:
Here he lies where he longed to be;
Home is the sailor, home from sea,
And the hunter home from the hill.


Bajo el inmenso y estrellado cielo,
cavad mi losa y dejadme yacer.
Alegre he vivido y alegre muero.
Pero al yacer quiero haceros un ruego.
Que pongáis sobre mi tumba este verso:
Aquí yace donde quiso yacer:
De vuelta del mar está el marinero,
de vuelta del monte está el cazador"




Estas fueron las habitaciones de su casa, Villa Vailima, hoy convertida en museo. La verdad, no vivían nada mal.







Y estas son las vistas exteriores:


Pero hoy no quiero hablaros del talento de Stevenson y de la genialidad de sus libros y poesías, sino de otra historia: la que escribió en 2004 Alex Capus sobre la época de Stevenson en Samoa y sobre la supuesta razón por la que vino a vivir aquí. 

Capus, en su libro La otra isla sostiene que Stevenson se instaló en Samoa no para mejorar su salud, no por el encanto del paisaje, no por la bondad de su clima, sino por otro motivo mucho más terrenal: la búsqueda del desaparecido tesoro de Lima, que según él creía, se hallaba enterrado en la vecina isla de Tafahi (antiguamente conocida como Cocos Eylandt), un volcán cónico a 267 km al sur de Upolu y hoy territorio de Tonga.

Siempre se ha creído que el famoso tesoro de Lima, rescatado por el capitán Thompson en el Mary Dear en 1820, acabó enterrado en la isla de Coco, un islote entre Panamá y las Galápagos. Nunca se encontró, a pesar de que la isla ha sido socavada de arriba a abajo en numerosas ocasiones.

Stevenson podría un día haber caído en la cuenta de que existía una segunda isla también con el nombre de Coco mucho más al oeste que la primera. Se trataba de la citada Tafahi, al sur de Upolu. Allí estaría el famoso tesoro enterrado y no en la otra Isla de Coco. ¡Eureka! Resultaba obvio y no se le había ocurrido a nadie, solo a él. ¡Generaciones y generaciones habían estado intentando desenterrar el tesoro de Lima en la isla equivocada! Esta sí era su verdadera Isla del Tesoro. Así que se afincó con su clan en Apia con el objetivo de encontrar el valioso tesoro. Villa Vailima sería su centro de operaciones.

Resulta extraño y misterioso que todo un Stevenson, que había escrito ampliamente sobre multitud de islas del Pacífico y que viajaba continuamente por él en busca de nuevas tierras, nunca dedicara una sola palabra a la isla que le quedaba más cerca, la isla de Tafahi. Es prácticamente seguro que la visitó, y no una vez sino muchas, en busca del tesoro. ¡Claro: no le interesaba levantar la liebre!


En esa época, los nativos de Tafahi repetidamente dijeron haber visto llegar un barco procedente del norte (Upolu) con "truenos y relámpagos". Según Capus, se trataba de Stevenson y su clan que acudían a la isla en barco equipados con fuegos artificiales y un gramófono a todo trapo para hacer creer a los nativos que era el dios pez Fatuulu que venía del océano. De ese modo los asustaban y podían picar a sus anchas en la playa del sur de Tahafi.

Presuntamente, el clan Stevenson habría dado con el tesoro y se lo habría traído a casa en porciones, en varios viajes. Más tarde, habrían llevado y vendido clandestinamente los lingotes de oro y las joyas a Nueva Zelanda, Australia, Fiyi o Hawai, durante los numerosos y sospechosos viajes que se sabe la familia realizó a estas tierras durante esos 4 años.

Al morir Louis, su familia regresó a Norteamérica y los supervivientes vivieron a todo trapo. Louis no había vendido tantos libros como para dejar una herencia de este calibre. ¿De dónde había salido entonces toda esta fortuna? 

La respuesta quizás se encuentre para siempre guardada en las playas desiertas de Tafahi, la otra Isla del Tesoro.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Festival de Danza del Pacífico Sur en Apia


Apia, Isla Upolu, Samoa. Las dos chicas australianas que también se alojan en el Princess Tui Inn me dicen que los estudiantes de los diversos países de la USP (University of South Pacific) han organizado esta noche un festival de danza en el campus. Que si las acompaño. Tengo 10 minutos para ducharme.

¡Tú dirás! No puedo pensar en un plan mejor. Con lo que me gusta a mí el folklore de esta gente. Tengo 10 minutos para ducharme.


Cogemos un taxi y al llegar a USP, en la afueras de Apia, nos agenciamos una mesa. Voy a buscar unas cervezas. El show está a punto de comenzar.

Tras los obligados discursos y oraciones, comienza el espectáculo. Las diferentes actuaciones se agrupan por países y se suceden por este orden: Nueva Zelanda, Tonga, Fiyi, Islas Solomon, Vanuatu, Tuvalu, y Samoa. Una especie de "Eurovisión casera" a lo South Pacific y en baile. El festival dura tres horas.

Representantes de Nueva Zelanda

El grupo de Tonga

Los divertidos aborígenes de Vanuatu

Representantes de Tuvalu

El grupo local samoano

Aquí os dejo un U-tube de los cánticos polifónicos samoanos para ambientaros un poco.

martes, 30 de octubre de 2012

Los autobuses samoanos


Apia, Isla Upolu, Samoa. Me despierto de madrugada en mi rudimentario fale del Vao'tua Beach Resort en Manono, frente a la isla de Upolu. Tasi debe llevar hoy a su bebé a vacunar a Apia, así que aprovecho el trayecto en su taxi-boat hasta Upolu.

Un bus me deja en el Princess Tui Inn, en la parte este de ciudad, donde me alojaré las próximas tres noches. Se trata de una antigua casa colonial de madera, frente a la bahía de Apia, transformada en Bed & Breakfast .

Hoy me dedico a pasear por la capital y a mis pequeñas tareas domésticas: confirmación del vuelo del lunes a Nadi (Fiyi), compra de sellos y estampitas de correo en la Post Office, cervecita en el Aggie Grey's con los italianos de Savai'i, y, cómo no, toma de fotografías.

Me percato pronto en lo peculiar de los autobuses de esta ciudad, algo que no pasa desapercibido al ojo del occidental: viejos Toyotas con asientos de madera, pintados de colores llamativos y con música a toda pastilla. Decido buscar una buena localización para las fotos y descubro que delante de la nívea catedral católica, de principios del 1900, es una excelente opción.


lunes, 29 de octubre de 2012

Manono, la isla fuera de este siglo


Isla Manono, Samoa. Esta mañana tomo el ferry de las 10 h que une Savai'i con Upolu. Va bastante lleno. Durante la hora escasa que dura el trayecto me dedico a observar a la gente y confirmo que Samoa es un país realmente pobre.

El ferry va cargado de escolares. Todos parecen protegerse del sol: toallas, sábanas, trapos...lo que sea para que no les toque ni un rayo. Curioso. También da la impresión de que se marean o están a punto de hacerlo. Cierran los ojos y se tapan la nariz y la boca con lo que encuentran.

Una vez en Upolu un taxi me lleva al muelle donde sale el barquito para Manono, una pequeña isla de solo 3km2 y 900 habitantes en medio de las dos islas principales Savai'i y Upolu. Manono conserva la vida tradicional polinésica en su forma más pura, sin ruidos, ni coches, ni perros (están prohibidos allí), ni evidencia alguna del siglo XX.

Al llegar, Tasi me indica mi fale en el Vao'tua Beach Resort. A pesar de lo fastuoso del nombre del hotel, mi "bungalow" es una cabaña abierta, sin paredes y sin electricidad, con un colchón  en el suelo y una almohada. Nada más. Pero...¿dónde dejo la maleta? ¿y el dinero? -le pregunto a Tasi. ¿Cómo?...pues, aquí...en el fale -me contesta sorprendido de mi estúpida pregunta.

La parte buena es que estoy justo sobre la playa, a la que se accede por una escalerita directamente desde mi fale. La vista desde la baranda, con Upolu al fondo, es impecable.

Por alguna razón, quizás por el calor inhumano que hace aquí o por lo rudimentario del lugar, por un momento me planteo irme esta misma tarde. Mira, no sé, una de aquellas tonterías occidentales. Por suerte, en el fale central hay una TV y aprovecho para tranquilizarme y mirar un poco los JJOO. Un niño la mar de simpático me trae unos bocadillos y un coco con una paja. Comienzo a ver la situación de otra manera.

A eso de las 4:40 h decido que hay que hacer algo, y me animo a dar la vuelta a la isla...¡a pie! Un sendero, que a veces atraviesa la jungla, otras la hierba, y otras un camino, rodea la isla, pasando por sus 4 pueblos.

Los pueblos están esparcidos, y los niños juegan descalzos por sus calles polvorientas. Se sorprenden al verme; creo que no están muy acostumbrados a ver occidentales por aquí.


El camino está adornado con flores y plantas. Algunas casas tienen su hierba muy bien cuidada, y los fales se suceden uno tras otro.



En el pueblo de Lepua'i, los habitantes se han reunido en el muelle para seguir los entrenamientos de las grandes piraguas a remo. Son larguísimas; nunca había visto nada igual.


Más adelante, un niño solitario escribe algo en su playa.

En la parte norte el sendero cruza la jungla y se hace estrecho. De repente aparece la vecina isla de Apolima entre las palmeras.

Las vistas son espectaculares, pero son las 6, el sol se va a poner en breve y no sé cuánto me queda de vuelta: no puedo quedarme a oscuras ¡aquí no hay farolas! Me entra un ataquillo de pánico y acelero la marcha. Se pone el sol y todavía no veo Upolu. Ay que me temo lo peor. Ni idea de cuánto me falta. Esto se complica. Acelero y atravieso otra jungla. Cada vez se ve menos. Paso por delante de una casa y le pregunto a dos chicas cuánto falta para el Vao'tua y me dicen que 15 minutos. Son las 6:30 y esta gente calcula fatal. Igual falta una hora. Ya casi no se ve nada y el islote que desde mi fale quedaba bastante a la izquierda desde aquí lo veo a la derecha. Ya no veo nada en el camino y tengo que amainar el paso porque no sé donde pongo el pie. Se ha hecho de noche muy rápidamente y ya no veo nada. Por fin diviso las luces del Vao'tua, a lo lejos. Es noche cerrada. El último tramo lo hago a "pasito de muñeca Famosa". Llego pasadas las 7 h.


Me encuentro con el resto de inquilinos del "resort" ya en la mesa, dispuestos a cenar. Un inglés me dice que estaba realmente preocupado por mi. Me siento y por fin me relajo. Juro que nunca más haré un paseo por la tarde sin linterna.

Esa noche, ya mucho más tranquilo y sosegado de mi susto, contemplo feliz desde la barandilla del fale las luces en la isla de Upolu, bajo las estrellas.