miércoles, 2 de septiembre de 2015

Los baobabs de Morondava



Morondava, Madagascar

Acabamos de comer y nos hemos despedido del presidente de la república, que está comiendo con su séquito en la mesa de al lado. Y es que la estrella de hoy no es la visita sorpresa de la amable autoridad sino los baobabs de Morondava, así que nos subimos a los 4x4 y emprendemos rumbo hacia l'allée des baobabs.


Tras media hora de trayecto por la transitada calle principal de Morondava, un giro a la izquierda nos sitúa sobre un camino estrecho y polvoriento. Al cabo de poco comienzan a aparecer los primeros ejemplares de Adansonia grandidieri.


Son árboles milenarios, de hasta 30m de altura y 3m de diámetro, con una copa muy ramificada que recuerda a las estructuras fractales. Uno a uno, o en grupos, los baobabs van sucediéndose a lo largo del camino, regalándonos innumerables postales que intento plasmar con la fotografía.



Las estampas son de lo más bello que recuerdo. Quizás porque tengo grabada esa imagen desde pequeño, cuando la descubrí en los cromos, o en el National Geographic, y ahora por fin la veo en la realidad. No sé, sea lo que sea, esto es como sacado de otro planeta.

Llega la hora del sol bajo y la cosa se pone todavía más interesante.  


Este es posiblemente el lugar más emblemático del país, así que no es sorprendente que se acumule cierto número de visitantes a última hora del día (además hoy es sábado). Aún así, tengo que decir que por ser lo popular que es, hay poco turista. Más bien diría que la mayoría de los que por aquí transitan son malgaches, que con sus carros tirados por cebús, trajinan mercancía entre los pueblos dispersos de la región. 



La belleza de este enclave es indescriptible. Debo confesar que nunca había visto nada igual, y me gustaría quedarme aquí horas y horas, pero en el trópico la luz baja rápido y, con una gran dosis de resignación, regreso al punto de encuentro.




Morondava, Madagascar



Morondava, Madagascar

Madagascar es un país muy extenso, y si uno dispone de relativamente poco tiempo para conocer sus rincones, hay que coger vuelos internos obligatoriamente. Hoy, de buena mañana, unas avionetas nos transportan desde la capital Tana hasta Morondava, a 370 km SW, un trayecto que en coche nos hubiera llevado 12h.


MorondavaMap




Las primeras vistas aéreas son las de las casas de la capital mezcladas con campos y campos de arroz:




Durante el vuelo se aprecia bien la terrible erosión que padece esta isla, fruto de una deforestación feroz e incontrolada. Realmente da la impresión de que el país está siendo “lavado” por las lluvias y su tierra arrastrada hasta el mar por los ríos.



Al acercarnos a Morondava, capital de la región de Menabe, se divisan los primeros baobabs desde el aire, cual parque eólico:





Al llegar a Morondova, nos encontramos con un aeródromo sitiado por militares. Tras ganarme su confianza con una broma, el "no-foto please" se transforma en todo un posado.



Una vez en el hotel de Morondava, el Palissandre, más militares por todas partes, incluso en la arena de la playa. Qué curioso, no sabía que el país estaba tan mal. Pero pronto averiguamos qué pasa: el presidente del país, de nombre impronunciable (un tal Hery Rajaonarimampianina) y varios de sus ministros vienen precisamente hoy a comer al restaurante del hotel. Vaya casualidad la nuestra! Así que empezamoss nuestra comida en la terraza y cuando íbamos por los postres vemos que comienza el movimiento de gente: ha llegado el presidente. ¿Y qué es lo primero que hace antes de sentarse en su mesa? Saludarnos uno a uno, darnos la mano, e interesarse por nuestra procedencia. Parece un tipo simpático, pero a saber cómo gobierna este país.


La mañana comienza con una excursión en pirogues a la playa de Bethania, donde vive una colonia de pescadores vezo semi-nómadas. Los vezo no constituyen propiamente una etnia, sino que el término se refiere a su modo de vida: gente-que-pesca.




martes, 1 de septiembre de 2015

Antananarivo



Antananarivo, Madagascar

La capital de Madagascar, Antananarivo, es una ciudad situada prácticamente en el centro de la isla, en un plateau a 1270 m de altitud. En esta época del año y en pleno invierno austral, aquí llega a hacer un frío considerable por la noche. Pero la ola calor de este pasado mes de julio hizo que 
a la hora de hacer la maleta en casa, todos decidimos no sacar el polar del armario: craso error.

Tana es una ciudad con una extensión enorme, hogar de 2 millones de almas, aproximadamente el 10% de la población malgache.



La visita a la ciudad comienza con un paseo por la antigua estación de tren de Soarano, al final de la Avenida de la Independencia. Un guardia en la entrada nos dice no traspasar la valla de la entrada porque es muy peligroso, y no porque te pase un tren por encima sino por seguridad ciudadana. No sé, me parece a mí que exageran un poquito: ni que se nos fueran a comer.



La visita prosigue por la antigua catedral católica, reminiscencia de la época francesa:



Lo cierto es que no hay muchísima cosa que visitar en Tana, así que a media tarde ya está casi todo visto. El paseo acaba en la parte más alta de la ciudad, el Rova o palacio de la reina, obra de un francés que en 1839 erigió para la reina Ranavalona I, aunque ya aquí había habido otros palacios reales de madera desde 1610. Este es el centro espiritual de la etnia merina, la más abundante en esta zona del país.

El palacio fue incendiado en 1995, y desde entonces ha visto varias restauraciones periódicas patrocinadas por la UNESCO.






El sol se está poniendo, así que nos trasladamos a contemplar la puesta de sol sobre la ciudad desde el balcón del pequeño hotel Lokanga, degustando un foie y disfrutando las vistas a la ciudad.



Hoy cenamos en un restaurante muy curioso del barrio chic de la ciudad: La Varangue. Se trata de un edificio colonial, con 9 habitaciones. Lo peculiar del lugar es sin duda la decoración: una colección de todo. Sí, TODO. Desde saxofones hasta acordeones, desde astrolabios hasta barómetros, balanzas, microscopios, telescopios, máquinas fotográficas, quinqués, planchas, candelabros, braseros…allí había de todo. El propietario debe ser un coleccionista impulsivo y ha reunido todos los objetos que los colonos dejaron atrás.


lunes, 31 de agosto de 2015

La isla de los lémures, Madagascar



PN de Andasibe, Madagascar

De la reserva de Peyreras seguimos hasta nuestro lodge, el Vakona Lodge, situado cerca de la población de Andasibe y en pleno parque nacional de Mantadia, de 13.000 hectáreas de extensión. Sin duda, la mejor opción para albergarse en esta zona, en medio de la jungla y rodeado de agua.



De allí nos desplazamos hasta la isla de los lémures (creo nos vamos a hartar de ver esos animales). Se trata de un trozo de tierra separado del resto del parque por una estrecha franja de agua que impide salir a los lémures. Si hay algo que esos simios odian es nadar, aunque más de uno parece estar dispuesto a probar otros medios:



Un agradable paseo por el lugar permite avistar varias especies de estos animalejos que, al principio son muy simpáticos porque se te suben a la cabeza y esas cosas que hacen tanta gracia, hasta que uno se orina encima tuyo y ya la cosa cambia. El “ven monito, ven” se transforma rápidamente en un “largo de aquí bicho”.

Aun así, alguno, como este ejemplar de lémur de collar blanco y negro, se deja fotografiar a tocar de morro sin ningún reparo:





El día acaba con una paseada nocturna que resulta ser un fiasco. Dicen que los animales, por la noche, se acercan al asfalto de la carretera atraídos por el calor. Así que allí vamos después de cenar. Caminamos una hora con linternas, pero lo más que llegamos a ver son 4 camaleones enanos y un lémur nocturno...de espaldas. Para colmo, a la vuelta, el van se queda sin batería. Pero bueno, paciencia y buen humor que esto no es occidente.

domingo, 30 de agosto de 2015

Parque Nacional de Andasibe-Mantadia



Andasibe, Madagascar

Hace mucho frío en Antananarivo (Tana para los amigos). El termómetro marca 12ºC, lo cual, viniendo de la ola de calor de este mes de Julio en Barcelona, es de agradecer…bueno, hasta cierto punto.



En el hotel de Tana, el día amanece despejado, con humedales frente a la terraza y con el skyline de la ciudad de fondo. Pero esa idílica estampa se transmuta rápidamente en otra mucho más cruda al mirar por la ventana del van que nos lleva hasta el parque nacional de Andasibe-Mantadia, 150 km al este de la ciudad. Aquellos pocos edificios que se veían a lo lejos desde el fantástico hotel, han estado ahora substituidos por casas rudimentarias y sencillas, repletas de niños descalzos que se protegen del frío, en calles llenas de gente que va y viene, en mercados sucios y caóticos. Y es que, nos dice el chófer, Madagascar es uno de los países más pobres del mundo, con un 70% de la población que sobrevive con menos de 2 euros al día. Un país de gente pobre, pero riquísimo en recursos naturales, un país donde crece cualquier semilla, abundan los minerales y las piedras preciosas, hay petróleo, etc… pero que, como en tantas otras partes de este injusto planeta, todo acaba en los bolsillos de solo unos cuantos.

En fin, tras una hora y media de trayecto llegamos a una especie de parque temático de la naturaleza, la reserva de Peyreras, en donde contemplamos nuestros primeros lémures y camaleones.

Los lémures son primates que llegaron a Madagascar accidentalmente desde Africa (seguramente subidos en un tronco a la deriva) hace unos pocos millones de años. Aquí se diversificaron en un centenar de especies, y hoy forman parte de los pocos mamíferos endémicos de la zona. 
En Peyreras, un sifaka de Coquerel, un lémur "más o menos" asilvestrado aquí en esta reserva, acude a comer trozos de coco que gentilmente han colocado los guardas:



Los camaleones, en cambio, seguramente ya estaban aquí cuando la isla se separó del continente. Son unos seres curiosísimos, tanto de aspecto como de comportamiento: eso de que cada ojo vaya por su lado nunca ha dejado de sorprenderme. 
Ah, y el cambio de color no es para camuflarse sino para expresar cambios de humor.





Pero hay más: desde un sapo más parecido a un tomate extraterrestre que a un batracio...



Hasta geckos tan bien camuflados que uno no sabe donde acaba el gecko y donde empieza la hojarasca




Realmente este es un mundo aparte!

viernes, 28 de agosto de 2015

Rumbo a Madagascar



Vuelo Air-France a Antananarivo

Después de casi 8 meses de sequía bloguera (y también viajera), reemprendo mi actividad con una nueva isla, una isla enorme, una isla-continente: Madagascar.




Todavía en el avión, por ahora lo que puedo decir de mi destino es lo que pone en Wikipedia. Para mí destacan tres cosas:

Primero que se trata de la 4ª isla más grande del mundo, lo que significa que para recorrerla hay que hacer una porrada de kilómetros.

Segundo, que geológicamente hablando la isla se separó del continente africano hace 88 millones de años, con lo que la fauna y flora han evolucionado a su aire. Ello ha determinado que el 90% de su vida salvaje sea endémica, es decir, que solo se encuentre aquí. Así que me esperan unos días muy apasionantes en lo que al avistamiento de nuevas especies de aves se refiere. Pero, con el permiso de los pájaros, también hay otro gran grupo de habitantes peculiar y característico de este lugar que me hace mucha ilusión conocer: los lémures, los primates de esta isla.


Tercero, y aunque parezca mentira, Madagascar no conoció al ser humano hasta los albores de nuestra era cristiana. Sus 22 millones de habitantes actuales tienen su origen en una etnia malaya que llegó a la isla durante el siglo I, y que más tarde se mezcló con individuos procedentes del este de Africa. Fue colonia francesa hasta 1960, año que se independizó.

Pero ya os iré contando. Por el momento acabo de ver Interstellar en el monitor del asiento de delante, doblada en mejicano “ay güey, pues agarra tú los mandos” -le dice el protagonista al segundo de a bordo. Increíble. Es una película interesante para quien le guste la física, pero tiene un fallo gordo: cuando un viajero entra en un agujero negro no puede enviar ningún mensaje fuera porque nada, ni siquiera la luz, puede salir de un agujero negro. Además, en el momento en que el intrépido viajero osa entrar en uno de ellos, el Universo donde nació (la Tierra y todo lo que vemos) ya ha llegado al final de sus tiempos, ya ha acabado su historia. En la película, ambos fenómenos son ignorados por el guionista que hace que el protagonista se comunique con su hija mediante clave morse, e incluso se reúna con ella al final de la vida de ella. Pero bueno, Hollywood es hollywood.