sábado, 12 de noviembre de 2011

Rurutu, la isla de las ballenas

Rurutu, Islas Australes, Polinesia Francesa. Ayer aterricé en la isla de Rurutu, mi tercera isla Austral y última escala de este viaje. Se acerca el final y qué mejor que despedirme de esta fenua junto a las ballenas.

Yves Gentilhomme y su mujer Helène regentan la Pension Manotel, una de las mejores de toda la Polinesia, frente a una playa desierta. Yves, al que conozco de anteriores visitas a la isla, es un bretón afincado en Rurutu apasionado de la biología. En el jardín de su pensión tiene más de 300 especies vegetales de la Polinesia, y junto con Jean-Claude Thibault, llevan desde hace años el control ornitológico de la isla.


Hoy, como casi cada día, me ha llevado a dar el tour-de-l’île, pero antes nos hemos acercado al puerto para comprar la cena de esta noche: pescado fresco.


A medida que transcurre el paseo me doy cuenta de que todavía existen lugares tranquilos, apacibles y agradables en este planeta. Como estas playas, donde uno puede cabalgar sin que venga un policía y le diga "¿no sabe que está prohibido ir a caballo por la playa?"


Yves es una auténtica enciclopedia. Me cuenta que la isla ha sufrido grandes desastres ecológicos al importar la gran mayoría de las especies vegetales y de las aves terrestres que habitan hoy en día aquí. Una de las plantas que más daño ocasiona es una variedad trepadora que los americanos trajeron al Pacífico para camuflarse en tierra durante la segunda guerra mundial. Hay zonas de la isla que se encuentran prácticamente tapadas por un manto verde de sus hojas.




En el interior hay bosques de pino importado del Caribe. Yves me explica que esas extrañas “barbas de viejo” de color verde-gris que cuelgan de las ramas son en realidad un liquen muy sensible, que solo crece en ambientes con un aire purísimo ¡Buenas noticias para los ecologistas!


El interior de Rurutu es un verdadero vergel. Se cultiva una gran variedad de legumbres y frutas, como el noni. Pero por encima de todo destacan las plantaciones de taro, las más grandes de toda la Polinesia. Durante mucho tiempo, y todavía hoy en día en muchas familias, el taro constituyó la fuente principal de alimento.

Rurutu tiene un solo tiki, pero es de fama mundial: se trata de la estatua del dios A'a, cuyo original se encuentra en el British Museum. Es una figura de madera de 1,17 m, con numerosos otros mini-tikis incrustados en él. Yves se hizo hacer una réplica que tuvo expuesta en la entrada de su pensión, hasta que se la comió la carcoma. Otra personalidad que también quedó prendado de esta figura fue nada más y nada menos que Picasso, que mandó hacerse una copia en 1950 tras ver un ejemplar en el estudio de su amigo el escritor Roland Penrose.


Pablo Picasso in his workshop with a copy of the Polynesian sculpture A'a






Al acabar el día me voy un rato a la playa, a disfrutar de las últimas luces. Delante mío, una ballena levanta la cola como para darme las buenas noches.
Pero justo cuando dispongo a retirarme, noto unos remolinos extraños en la orilla. Me acerco a ver qué es ese jolgorio y me quedo estupefacto al ver que se trata de tres tiburones enloquecidos por la sangre de las cabezas de los peces que Helène ha tirado. Creo que mañana me bañaré en otro lugar. 

La Bounty

Tubuai, Islas Australes, Polinesia Francesa. Tubuai entró a formar parte de la lista de lugares históricos de occidente un 28 de mayo de 1789, cuando Christian Fletcher y unos cuantos más amotinados de la Bounty vinieron a parar aquí, en busca de un lugar donde establecerse.

Su llegada a la isla coincidió con una plaga enorme de mosquitos, con lo que los nativos relacionaron la visita de los occidentales con la desgracia, y no fueron bien recibidos.

Fletcher y los suyos respondieron a golpe de fusil. El lagon cambió su habitual tonalidad turquesa por la de un rojo intenso. Los nativos no entendían aquello de que se pudiera matar a distancia. Creyeron que era el ruido lo que producía la muerte de sus compañeros, con lo que fueron al interior a buscar cañas de bambú para quemarlas, pues el bambú explota con el fuego. Pero pronto vieron que sus “fusiles” no producían ningún efecto mientras que los de Fletcher seguían matando.

Al día siguiente los nativos enviaron un grupo de bellas mujeres para distraer a los ingleses, mientras por el lado contrario se acercaba un ejército de hombres armados. Pero los amotinados los descubrieron y abrieron de nuevo fuego contra ellos. El lagon se tiñó de nuevo de rojo.

Ante tal panorama de hostilidad Fletcher decidió entonces volver a Tahiti en busca de intérpretes y enseres. Regresó a Tubuai el 23 de Junio para fundar su morada. Traía 450 cerdos, 50 cabras, pollos, un toro (que murió en el viaje), gatos, perros, de todo...Esta vez fue mejor recibido. Construyó un fuerte en la playa, el Fort George, una especie de puerto capaz de albergar a la Bounty, puesto que nuestro personaje quería seguir disfrutando de las comodidades de su barco.

Pero la relación con los nativos fue empeorando, y al cabo de dos meses y medio Fletcher y los suyos abandonaron definitivamente Tubuai en busca de un lugar más pacífico. Lo encontraron finalmente en la lejana y solitaria isla de Pitcairn, donde todavía hoy sobreviven sus descendientes.


El ciclón Oli, el gran devastador

Tubuai, Islas Australes, Polinesia Francesa. Con un perímetro de 26 km, Tubuai es la mayor de las islas Australes y también el centro neurálgico del archipiélago.

Tubuai fue literalmente arrasada hace un año y medio por el ciclón Oli, cuyo ojo pasó exactamente por encima de la isla con vientos de hasta 250 km/h. Las olas, de 6 m de altura, sobrepasaron el arrecife sin problema, llegaron a la orilla, y se adentraron hasta 400 m en el interior. La playa que circunda la isla retrocedió 3 m y se ha quedado en una tímida franja que bordea el castigado litoral. De un restaurante que había cerca de la costa sólo queda su chimenea y el suelo:

Al atardecer salgo de paseo, y al minuto se para un coche. Veux-tu qu’on te dépose quelque part? -me preguntan la conductora y una mamille (anciana) que la acompaña. Venimos de ver a su hermana que está enferma. Si quieres hacemos el tour-de-l’île. Pues, por qué no, pienso. Esa es la Polinesia que me encanta: dar la vuelta a la isla son 26 km, quiero decir, que es tiempo y gasolina. Pero aquí el tiempo abunda y el dinero no importa. 

Mamille Lioni me explica que el huracán duró ocho horas. Durante las cuatro primeras el viento vino del sud-este y arrasó ferozmente las casas más endebles. Era de noche. Luego paró en seco. No se movió ni una hoja durante 54 minutos. Era el ojo del huracán. Pero en el minuto 55, el viento volvió en dirección contraria, de sopetón, y durante cuatro horas más azotó todo de nuevo, lo que ya estaba devastado y parte de lo que había sobrevivido el primer episodio.

Durante las tres semanas siguientes la isla se quedó sin electricidad. La gente durmió en las iglesias o en las pocas casas que resistieron el huracán.

Wilson Doom, que es una especie de dios de la isla y al mismo tiempo el que regenta la pensión WIPA donde me alojo, dice haber vivido 7 ciclones ya. Esta región de la Polinesia es la más azotada por este tipo de tormentas tropicales.


Es una pena, no solo por la gente sino también porque las magníficas casas de antaño se ven reemplazadas por las MTR (Maison Terrestre Residence), casas prefabricadas, cuadradas, clónicas, anti-ciclón, que no tienen el menor encanto, pero que proporcionan un techo a los damnificados. La isla está llena de ellas.
No todos los afectados han tenido acceso a una MTR. Como estas niñitas, que todavía viven con su familia en su casa semidestruida.


Wilson Doom es un tipo... como decirlo... muy especial. Hoy nos ha preparado una escenificación en el marae de la isla. Para ello se ha puesto el traje de ceremonias y nos ha explicado la historia del lugar. Poca broma.
Su pensión se llama WIPA. Nada extraño hasta que te explica orgulloso su versión de lo que significa: Wilson Intervient Partout aux Australes, (Wilson interviene en todas las Australes), aunque la versión más oficial es Wind Island Program Austral. Me explica, muy serio, que su necesidad de promover la isla le viene de una charla con Louis XIV que tuvo hace tiempo en el Louvre. Ahí es nada!

En la pensión se aloja un doctorando en arqueología, francés, Emerich, que está realizando excavaciones en la isla. ¡Por fin alguien cuerdo!
Por la tarde doy un paseo por la iglesia del pueblo. Allí, me encuentro con unas chicas que han venido de Rapa, la más remota e inhóspita de las Australes. Se nota en su frescor.

Por la tarde Wilson nos lleva al motu, uno de esos lugares de postal para un final feliz.

El idilio que no fue

Tubuai, Islas Australes, Polinesia Francesa. Anteayer me anunció George que llegaba una turista a la isla, una francesa, en el avión de las 13h, y que iba a hospedarse en la pensión. Evidente, pues no hay más pensiones en Rimatara.

Mi imaginación pronto empezó a volar y a pensar en esa bella chica francesa, de larga cabellera rubia y ojos azules, que había decidido viajar sola por la Polinesia, buscando la paz y tranquilidad de los mares del Sur. Me la imaginaba ya paseando con su bicicleta Marie Claire por la carretera que bordea el mar, iluminada por la luz austral, con el viento jugueteando dulcemente con su pelo dorado y diciéndome tu viens te promener avec moi, Xavier? Por las noches iríamos a la playa a ver todos los colores de la Vía Láctea, el Centauro, la cruz del sur...y la del norte, y la del este, y la del oeste. Qué afortunado era yo, pues el próximo avión no llegaba hasta el viernes y no hay ningún popa’a más en la isla. Yo con miss France en una isla del Pacífico, solos.

Estaba yo tranquilamente en la pensión a las dos de la tarde, escribiendo mi post sobre el ‘ura cuando aparece George con la supuesta miss. Por respeto no voy a describirla aquí, simplemente seré educado y os diré que no era exactamente como me la había imaginado. De repente noté cómo un escalofrío me recorría desde la punta de la cabeza a la punta del dedo gordo del pie izquierdo.

Bueno, no seas cruel -pensé- seguro que como viaja sola será muy interesante. Pero pronto percibí que tampoco. La madame era una de esas personas que no paraba de hablar, de esas que parece que piensen en alto, que las cosas que dicen no sabes si van dirigidas a ti o al aire. Era un continuo ruido de fondo...hay mucho mosquito por aquí... no veo mi buscador de internet... no he parado de comer pescado en todo el viaje... menos mal que hace buen tiempo...Y fue entonces cuando comprendí que no todos los que viajan solos son interesantes: algunos viajan solos porque son unos plastas que nadie aguanta.

De repente me entran unas ganas repentinas de ir a dar un paseo en bici. Desaparezco casi arrastrándome por el suelo para no ser detectado. Pero claro, la isla es muy pequeña y al cabo de poco rato, como era previsible, me topo con ella, que también ha conseguido una bicicleta. ¿Dónde vas? -me pregunta. Esteee...por allá -le respondo poco convincentemente. Y sigue hablando y hablando, diciéndome dónde ha estado, que no sabe orientarse, que a cuánto está el pueblo, que a qué hora se cena, que si le da tiempo de ir al otro pueblo, que si hay mosquit...BASTAAAA Mira, yo me voy por allí, pero yo de ti iría por allá que es muy bonito -remarco indicándole una ruta exactamente a 180º de la mía. Ah, mais peut être je n’ai pas le temps...je t’accompagne alors -me contesta. Tierra trágame. ¡Cómo que no tiene tiempo si faltan más de 2h para cenar! -pienso intentando disimular mi cara descompuesta.

Pero eso no era todo. Mi racha de mala suerte no acababa aquí, no: en la cena averiguo que no solo voy a coincidir aquí en Rimatara los tres días que me quedan sino que cogemos el mismo vuelo para Tubuai el viernes, cual pareja en viaje de novios, y que, para colmo, compartiremos la misma pensión allí también. O sea, coleguis total. ¡Mira que hay islas! -me machacaban mis adentros. Y eso que el avión hace escala en Rurutu, una isla preciosa donde mi estupenda compañera podría haberse apeado y ya está. Pues no, hasta Tubuai, conmigo.

Esto lo escribo ahora desde Tubuai, la segunda de las tres Australes que voy a visitar y donde acabo de aterrizar. Y, como no quiero insistir el resto de días con esta historia, simplemente seguiré escribiendo el blog como si nada. Así que no preguntéis “cómo acabó todo”, que os conozco y sé que os encanta la broma. Mañana os cuento sobre Tubuai...la isla, la cual, desde la ventana, pinta muy bonita. Es una de estas islas con lagon sin passe, cerrada al acceso de los barcos, pero no a los "plastas", por desgracia.



Carte de Tubuai

Un modus vivendi perfecto

Rimatara, Islas Australes, Polinesia Francesa. Esta mañana he pensado que existe un modo de viajar gratis, ideal para los jóvenes de hoy en día: montando páginas web in situ.

Es una pena que yo no sepa hacerlo sino podría haber ido saltando de pensión en pensión llegando a un acuerdo con los dueños: yo te construyo (o mejoro) tu sitio web y tu no me cobras la estancia. Os aseguro que todos (TODOS) dirían que sí.

Resulta que muchas pensiones no tienen sitio web, o si lo tienen, es muy poco sexy. Es el caso de la pensión Ueue donde me alojo en Rimatara. Desde luego es mejorable. Así que como George y Claudine se están portando tan bien conmigo, les voy a ceder todas mis fotos de Rimatara y de su pensión para que mejoren su web. Lo único que les he pedido es que pongan mi nombre y no pasen las fotos a terceros. Pero estoy seguro que de haber sabido construir páginas web me hubiera salido la estancia gratis.

¿No os parece una gran idea?


Bueno, cambiando de tema. Como lo prometido es deuda, voy a dedicar unas líneas y un par de fotos al carricero de Rimatara (Acrocephalus rimatarae), el pájaro injustamente ignorado de la isla.

Como os dije en el anterior post, el ‘ura se lleva todos los alardes y piropos ornitológicos por su explosivo colorido. Pero aquí vive otra especie que también es única de la isla. El pajarillo pertenece a la familia de los carriceros, de los cuales hay varios en Europa (el carricero tordal, el común, el políglota, el de Blyth, etc...). En nuestras latitudes, se encuentran siempre en humedales, en los carrizos y en las cañas (de ahí el nombre). Aquí no. Aquí están en todas partes, desde el césped de la pensión hasta las palmeras.

Es curioso lo que ha ocurrido con los carriceros en el mundo entero. Casi todos los archipiélagos tienen el suyo propio. Así, además de las especies continentales, tenemos el carricero de Cabo Verde, el de las Seychelles, el de Madagascar o el de Rodrigues. En el pacífico hay otros tantos carriceros endémicos: el de Tahiti, el de las Tuamotu, el de las Marquesas, el de las Cook, el de Pitcairn, el de Henderson, el de Nauru, el de Guam o el de Kiritimati. Por alguna extraña razón los carriceros, y no otras familias de aves terrestres, decidieron colonizar el mundo y especiarse allí donde aterrizaron.



El 'ura o lori de Rimatara

Rimatara, Islas Australes, Polinesia Francesa. La isla de Rimatara alberga dos de esas especies con las que los ornitólogos soñamos ver algún día, dos endemismos únicos y exclusivos de la isla: el lori de Rimatara o ‘ura (Vini kuhlii) y el carricero de Rimatara (Acrocephalus rimatarae).

Aunque los dos resultan interesantes para un amante de los pájaros, el lori se lleva toda la atención y todos los mimos por su explosivo colorido. El otro, pobre, es un pajarillo marrón verdoso al que nadie hace caso, pero que prometo dedicarle una foto y un pequeño homenaje en el siguiente post. Los dos son muy abundantes en la isla y no están amenazados de extinción, pero sí que son altamente vulnerables ya que cualquier suceso grave que pudiera ocurrir aquí, como un ciclón fuerte, o un virus, o la entrada de la rata negra, podría acabar con la población mundial, pues no se encuentran en ningún otro lugar. (NOTA DEL AUTOR: estrictamente esto no es cierto para el lori pues hace siglos, cuando no había leyes que regularan estos asuntos, el lori de Rimatara fue llevado por comerciantes de plumas polinesios a las islas Tabuaeran y Teraina, en Kiribati, a medio camino entre Polinesia y Hawai, donde hoy suman entre las dos unos 1500 efectivos, ¡el doble que en Rimatara donde se cuentan solo 750 ejemplares!)

El lori, que aquí se conoce como ‘ura, es el sello de Rimatara. Los habitantes están tan orgullosos de ese pájaro que es casi sagrado. Es uno de esos casos en donde el habitante está por encima de la ciencia. Mirad qué historia más bonita:

En el año 2000, Rongomatane Ariki, la reina de la isla de Atiu (Islas Cook), visitó Rimatara en una expedición destinada a estudiar la situación del ‘ura y de las ratas en la isla. Resulta que el ‘ura habitaba antiguamente las islas Cook sureñas, entre ellas Atiu. Pero sus preciadas plumas rojas le llevaron a la extinción. La reina solicitó entonces recuperar la especie para Atiu y los rimatareños aceptaron obsequiarla con 20 aves.

Pero las relaciones políticas entre las Islas Cook y la Polinesia Francesa cambiaron y el asunto quedó congelado hasta “nueva orden”. Fue en 2005 cuando un ornitólogo especialista en aves de la Polinesia, Jean-Claude Thibault, elaboró una propuesta formal al gobierno de la Polinesia Francesa en la que solicitaba urgentemente la reintroducción de la especie en las islas Cook dada la situación de alta vulnerabilidad del ave en Rimatara. El asunto fue de lo más complicado. Aparte del OK del presidente, se requirieron informes a la Cook Islands Natural Heritage Trust, la organización ornitológica de la Polinesia (MANU), la BirdLife International, y el zoo de San Diego.

Pero lo más difícil, según me cuenta Claudine, fue el visto bueno de los ancianos de Rimatara, que se negaron rotundamente a la ejecución del proyecto. No querían bajo ningún pretexto que sus ‘uras fueran a otro lugar. El ave era patrimonio de la isla y de aquí no iba a salir ni un solo ‘ura porque, además, así lo había dictado la antigua reina Tamaeva V de Rimatara cuando se dirigió al ‘ura y le dijo Eiaha ‘oe haere fa’abou i te tahi fenua ‘e (tú nunca irás a otra isla). Y al ‘ura vaero (lori macho) y a la ‘ura pa’o (lori hembra) les suplicó E moho na ‘orua i ‘onei, tiretire tiretire a (viviréis aquí y os reproduciréis una vez y otra vez). Tras la ceremonia, que presidió vestida con su capa real de plumas rojas de ‘ura, la reina Tamaeva V juró aita atu i muri a’e ia’u nei e ‘ahu fa’abou i teie ‘abu (nadie después de mi vestirá nunca esta capa).Complicado el tema.

Fue George, entonces alcalde de Rimatara, quien convenció a los ancianos haciendo alarde de su buena mano derecha: no se robaban los ‘uras sino que se prestaban a la reina de Atiu por si un día desaparecían de Rimatara y había que recuperarlos. Además, la reina se comprometía a que ningún ‘ura saliera de Atiu sin el permiso de la gente de Rimatara. Vamos, como si fueran de su propiedad, ni más ni menos.

Y así es como en abril de 2007 se capturaron 27 aves, se dispusieron en jaulas y se embarcaron 26 en un vuelo especial de Air Rarotonga directo a Atiu (la 27ª finalmente se quedó aquí porque era demasiado joven). Les acompañaban todos los grandes personalidades de la isla. Dice Claudine que en el aeropuerto los ‘uras enjaulados se pusieron a llamar a sus compañeros como locos, y que acudió una nube de ‘uras excitadísimos a despedirlos. En Atiu fueron recibidos con una gran fiesta a la que acudieron hasta los ministros del país. 
De allí llegan hoy buenas noticias: parece ser que el ‘ura sobrevive bien y que ya se está reproduciendo. En julio de 2010 se contaron 80 aves.

En Rimatara no hay ninguna placa que conmemore la visita de presidentes, o en memoria de antiguos jefes. No, en Rimatara solo hay una placa en toda la isla, y está para conmemorar este hecho: el viaje de los ‘uras a Atiu.

En el fin del mundo

Rimatara, Islas Australes, Polinesia Francesa. Si algún día os queréis retirar a un lugar muy, pero que muy tranquilo, y además bello y auténtico, no busquéis más, venid a Rimatara.

George me lleva a dar un paseo con su jeep. Nos recorremos toda la isla, a 20 km/h. Me dice que en Rimatara hay que conducir despacio porque es tan pequeña que si vas deprisa llegas demasiado pronto. Eso sí que es filosofía slow.


Pero cuando todos nosotros frenaríamos,  George apreta fuerte el acelerador: unos pollitos de gallina atraviesan la carretera. ¡Pero qué haces! ¡los vas a matar! -exclamo yo desesperado mientras se oye el chaf. Es la comida de los cerdos, me responde. Le intento razonar ecológicamente, y me contesta que los europeos se cuiden de Europa, que él sabe lo que tiene que hacer en su isla. Callo. Por suerte, también los alimenta con cocos.


Las Australes son diferentes del resto de islas polinésicas. Creo que una de las cosas que más las diferencia es su luz. Una luz clara, con un toque invernal, y un fondo de cielos azules oscuros, límpidos y libres de partículas. Seguramente debe ser debido a su aislamiento geográfico y a su latitud, sensiblemente más al sur que las islas de la Sociedad.

Rimatara, la menor de las Australes, tiene además la particularidad de que nadie la conoce todavía. La isla es un vergel de palmeras, mangos, papayas, pomelos, plataneros, y taro, un tubérculo muy preciado en estas islas. También se cultiva la patata, piña, naranja, y hortalizas, como este campo de zanahorias:




La altura máxima de la isla alcanza los 80 m. George, ex-alcalde de Rimatara tras 12 años de mandato, me cuenta orgulloso que antes medía 85 m pero que hizo cortar 5 para hacer una plataforma para la antena de telefonía y una alarma de tsunamis. A estas “alturas”, hasta hay bosques de pinos.


La isla está rodeada de una barrera de coral a poca distancia de la costa, con lo que el lagon es estrecho. No hay motus, como en las de la Sociedad. Además, debido a que aquí sí hay mareas, el lagon se vacía una vez al día.

El sur de la isla alberga una serie de pequeñas bahías protegidas por coral antiguo  levantado por el movimiento tectónico de las placas, que son una preciosidad.





Cerca de la pensión se encuentra el cementerio real, donde están enterrados los reyes y reinas que gobernaron esta pequeña isla.



El carácter de sus habitantes es también diferente. Son más recatados que en Maupiti o Bora Bora. Saludan por la carretera, pero mantienen la distancia y no son tan interactivos. Sin ir más lejos, todavía no he conocido a un rimatariense fuera de George y Claudine, los de la pensión.Tampoco he oído una sola canción ni un ukelele. Y ni un sólo Xavier, Xavier!


En la plaza del pueblo se encuentra la iglesia y un enorme y viejo hotu, árbol cuyo fruto se utilizaba para pescar por envenenamiento.