miércoles, 8 de febrero de 2012

Ilha do Santo Antao

Paúl, Santo Antao, Cabo Verde. El ferry de las 15h me lleva desde Mindelo, en São Vicente, a la vecina isla de Santo Antao. Hace un viento fortísimo y la bruma seca no deja ver más allá de unos centenares de metros. El barco se mueve de lo lindo.

Tras una hora de trayecto, llegamos al muelle de Porto Novo. Santo Antao es la más montañosa de la islas del país, la más al oeste, la más verde, y la segunda más grande. Muchos atributos para no reservar una semana entera para su exploración. Su geografía es de lo más vertiginosa: enormes montañas de hasta 2.000m de altura se alternan con valles verticales y profundos, llenos de vegetación. Todo eso ribeteado de carreteras adoquinadas que recuerdan a las montañas rusas de un parque de atracciones.

Me hospedo en Casa Cavoquinho, una pensión llevada por una pareja española, situada arriba de todo de la Ribeira de Paúl, un valle entrañable de la isla por su vegetación frondosa, caña de azúcar, laderas escarpadas, y, más modernamente, porque un grupo de jóvenes del valle formó hace unos años un conjunto musical que ahora mismo es el más popular y conocido en Cabo Verde: Cordas do Sol.

Cómo no podía ser de otra manera para un amante como yo de este país, conozco sus discos y sus canciones. Además, estuve en un concierto suyo el fin de año 2010, en Mindelo. 

Imaginad que vais a Liverpool y pensáis que, puesto que los Beatles son de allí, os encontraréis probablemente con Paul McCartney por la calle. Pues ni más ni menos eso es lo que me ha pasado aquí, pero en versión Cordas do Sol. Cuando subía por el valle hacia la pensión en el aluguer (el taxi local), allí, en una ladera, estaba sentado uno de los miembros del grupo, Bebetto, charlando con unos amigos. No me he podido contener y desde el coche le he lanzado un “eyyy, Cordas do Sol, anhos e sabi” ("eyyy, Cordas do Sol, sois muy buenos"), con lo que el músico me ha respondido con una enorme sonrisa y una levantada de pulgar.

martes, 7 de febrero de 2012

Maio: vuelta a la isla

Vila do Maio, Maio, Cabo Verde. No me podía ir de Maio sin un día con un sol espléndido. En efecto, hoy ha amanecido sin una nube. Elizabeth, la patrona de Casita Verde, me despierta golpeando la puerta: it’s sunny, it’s sunny. A la pobre mujer le sabía muy mal que me fuera de la isla sin haberla recorrido entera con sol, y se había preocupado en encontrar un 4x4 para hacer el obligado tour-de-l’île.

Comenzamos por Barreiro, y nos acercamos hasta Lagoa, en la costa. Son pequeñas poblaciones, con muy poca infraestructura. La gente nos saluda y se alegran de ver a Elizabeth, a la que todos conocen y llaman por su nombre.

Excepto un tramo asfaltado de carretera en el interior, el resto de las vías de la isla están adoquinadas (calçetadu): es abrumador pensar el trabajo que encierran estos caminos que cientos de esclavos moldearon y construyeron piedra a piedra, kilómetro tras kilómetro.

Elizabeth me lleva a su playa preferida, a la que le gusta llamar "Praia Elizabeth", y cuyo nombre verdadero es Praia do Fundo. Solo llegar me doy cuenta que ésta tiene que ser la playa más bonita de la isla.

Evidentemente, está desierta, y no solo ahora, en este momento, sino probablemente durante días pues no se ve ninguna huella en la arena. Pienso en lo difícil que es hoy en día encontrar una playa lisa, que se muestre únicamente con las ondulaciones suaves del viento.

Además, aquí se mezcla la arena dorada con la negra, y por alguna razón, la dorada se queda en la cresta de la duna y la negra cae en los surcos, con lo que el contraste es todavía más pronunciado.


La acción de la erosión aquí muestra todo su esplendor: lava afilada, pozuelos en el agua, incrustaciones en la piedra...

Seguimos por el interior hasta Alcatraz, donde esta semana, por las noches, hay discoteca. El viento es muy fuerte. Detrás se divisa el Monte Penoso, el pico más alto de la isla que tan solo alcanza los 437 m.

Una de las actividades de los habitantes de esta isla es la fabricación de carbón. La técnica consiste en quemar la madera de la acacia en unos hornos subterráneos cubiertos de chapa metálica debidamente aireados.
Finalmente nos dirigimos al norte, donde hay dunas de 30 m de altura, formadas por la arena que el viento del Sahara ha ido depositando con el paso de los siglos.
Ya de vuelta, atravesamos una enorme extensión de acacias plantadas en 1976 para frenar la desertificación y llegamos a Calheta, una población de pescadores, con sus casas de colores.

Satisfecho de este último día en Maio, esta tarde me puedo ir tranquilo a São Vicente.

sábado, 4 de febrero de 2012

Retirarse a una isla

Vila do Maio, Maio, Cabo Verde. Estos días en Maio, entre la gripe y el mal tiempo, he tenido cierto tiempo para pensar en eso de “retirarse a una isla tranquila”, algo que seguro que a todos nos ha pasado por la cabeza alguna vez, especialmente en momentos de presión laboral o social. La idea no es alocada, pero habría que elegir muy bien “la isla”.

Aquí en Maio he conocido varios casos, la mayoría alemanes, otros italianos, algún que otro francés, y un español. En general, todos aseguran que están contentos con su decisión, pero yo tengo mis dudas de que Maio sea la mejor elección.

En los cuatro días que llevo en la isla he podido constatar que el plan del día de esos “retirados” es el mismo que el de ayer, o el de antes de ayer: desayunar, bajar a la playa a tomar algo, leer, comer, seguir en la playa y volver a casa. Muchos vienen huyendo de situaciones adversas: éste se divorció y no puede pagar lo que le toca, al otro le dejó la mujer, a aquella otra le diagnosticaron no sé qué, aquél no puede volver a su país porque le persigue la justicia, etc...o sea que una vez aquí, te encuentras con lo que te encuentras, y puede que no te guste. Demasiado arriesgado.

Durante el invierno la temperatura es muy agradable, ronda los 20-25º y apetece bañarse en el mar. Pero en verano dicen que el calor es insoportable y la humedad altísima. Si a esto le sumamos una limitada lista de actividades alternativas, poca infraestructura, epidemias de dengue, y unos colegas “plasta”, ya te regalo el susodicho retiro.

El español es el único que admite que si aquí no tienes una actividad, te mueres. El está casado con una maiense y vive en un pueblo perdido en el interior de la isla. Ese sí que es auténtico.

Por otro lado, estoy seguro que el isleño, el maiense en este caso, tiene que sentirse incómodo con tanto extranjero. Un colectivo africano que vivía apartado, a su ritmo, con sus costumbres ancestrales, se ve repentinamente "invadido" por unos seres de otro color, ya un poco entrados en edad, que se instalan aquí, y se dedican a “no hacer nada” mientras ellos tienen que seguir trabajando. ¿Qué será de Vila do Maio cuando se terminen de construir los 180 apartamentos de las salinas, se complete el complejo de Stella Maris y se vendan todas las casa de Ponta Preta?


Y al final uno se pregunta: si Alemania es tan fantástica como nos cuentan cada día los medios de comunicación, con su economía modelo, su política eficiente y su éxito como país y sociedad ¿cómo es que Canarias, Mallorca, Madeira, Cabo Verde, Grecia, Chipre, y tantos otros lugares aparentemente mucho menos “fantásticos” está a rebosar de alemanes que han acabado allí? ¿No será que donde realmente se vive bien es en esos lugares, y no en Alemania? Yo no tengo ninguna duda, pero ojo, no es oro todo lo que reluce, y hay que elegir muy bien ese lugar de retiro.

viernes, 3 de febrero de 2012

El comercio de la sal en Maio

Vila do Maio, Maio, Cabo Verde. Geológicamente hablando, Maio es la isla más antigua del archipiélago, con lo que ya no quedan prácticamente restos del volcán que la originó. Es un lugar plano, con largas playas de arena dorada y abundantes salinas.

Durante décadas, Maio fue explotada por su sal. A mediados del siglo XIX llegaban un centenar de buques cada año en busca del preciado material, que en esta isla se producía a precios extraordinariamente bajos. Su destino: Norteamérica y Brasil.

Gracias a esas idas y venidas de los navíos, los habitantes de Maio podían intercambiar productos con los anglosajones. A los ingleses les traía loco la carne seca de oveja, una especie de cecina (tchassina), que cambiaban por objetos decorativos y utensilios.

Hace poco menos de un siglo, la sal era transportada por asnos hasta el muelle. Dos buxas por viaje, un total de 80 kg. Las mujeres cargaban los sacos en sus cabezas. Hacían falta al menos 14 viajes de ida y vuelta para ganar 12 escudos (unos 10 céntimos de euro).

Pero la competencia de la sal procedente de Marruecos y de la isla de Sal, aquí en Cabo Verde, afectó la economía de Maio. A todo eso, las frecuentes sequías y hambrunas agravaban más la situación, con lo que muchos maienses tuvieron que partir a otras tierras, pa terra longi, como tan a menudo conmemoran las canciones de este país.

Exactamente lo contrario de lo que ocurre hoy. La isla está incrementando su población a pasos agigantados, y no precisamente de gente que viene a trabajar la sal o a elaborar tchassina, sino de jubilados europeos que encuentran aquí el paraíso soñado: buen tiempo, aguas turquesa, arena dorada, pescado fresco, buen rollo, y todo a un precio de escándalo.

Hoy mismo he comido en la playa un carpaccio de serra al aceite de oliva y pimienta, acompañado de arroz, un zumo fresco de papaya y banana, una cerveza y un cortado por algo menos de 7 euros (en la foto siguiente solo hay que dividir por 100 para obtener los precios aproximados en euros)

jueves, 2 de febrero de 2012

Maio

Vila do Maio, Maio, Cabo Verde. No he entrado con buen pie en esta isla: estoy medio griposo, llueve, y el pueblo, por ahora, me resulta poco atractivo. Para colmo, la gente aquí es muy recelosa con el turista, con lo que hay muy poca interacción.

Llegué a Maio ayer, con el vuelo que une la isla con Praia tres veces por semana. El cielo sigue gris y encapotado. Los esperados colores verdes turquesa de sus aguas y la arena dorada se mezclan en un envolvente tonalidad plateada, insípida.

Me hospedo en Casita Verde, un chalet que una señora alemana, Elizabeth, ha convertido en pensión con dos habitaciones. El lugar es agradable, pero queda algo lejos del centro de la Vila y de la playa.

Maio es la tercera y última de las “islas de arena blanca” por turistificar. Primero fue Sal, donde el turismo transformó totalmente el sur de la isla. Luego vino Boa Vista, en la que italianos y españoles siguieron haciendo grandes atrocidades. Ahora le toca el turno a Maio. Y ya se comienza a notar: complejos horrendos, casas a medio construir, nidos de 180 apartamentos en medio de las salinas, y personajes europeos, un poco “outsiders”, que confían en encontrar aquí la solución a sus problemas.

Hoy no tengo un buen día para seguir escribiendo, y Maio no tiene la culpa. Así que mejor termino aquí este post, en espera de un tiempo y humor mejores.

Praia, la capital del país

Praia, Santiago, Cabo Verde. Praia es la capital de Cabo Verde. Es una ciudad de 110.000 habitantes, situada en la costa sur de la isla de Santiago, la isla más grande y más africana del archipiélago.

Cuando llegaron los portugueses en 1460, se establecieron en Ribeira Grande, hoy Cidade Velha. Pero Ribeira Grande era saqueada a menudo por los piratas, como Francis Drake o Jacques Cassard le Nantais, lo que hizo que en 1772 los habitantes, hartos de la piratería, se trasladaran a un nuevo lugar y fundaran la actual Praia.

A la parte antigua de la villa se la conoce como platô. Se trata de una fortificación en una meseta que da a la bahía. Los cañones todavía permanecen en sus murallas blancas, remanentes de un pasado turbulento.

El platô consta de 4 o 5 calles longitudinales flanqueadas por una docena de calles transversales. Como en el resto de las ciudades antiguas del país, su arquitectura es colonial portuguesa, con casas de colores, zonas ajardinadas, iglesias y un fuerte. Desde el balcón se divisa el puerto y el islote de Santa Maria, con su antigua leprosería, hoy en ruinas, y el faro de Ponta Temerosa al oeste.


A diferencia de Fogo y Brava, aquí uno no se siente tan seguro paseando por la calle. La mirada de la gente es diferente. Se percibe enseguida. Particularmente, debo confesar que agradezco la abundante presencia de policía por las calles.

Lo mejor que uno puede hacer en la ciudad es dejarse caer por el Quintal da Música, un local en la avenida principal que es el alma de la música caboverdiana. En su interior hay un retrato de todos y cada uno de los músicos del país: Cesaria Evora, Mayra Andrade, Tito Paris, Jorge Humberto, Lura, Teofilo Chantre, Nancy Vieira, Totinho, Cordas do sol, Luis Morais, Ildo Lobo, Herminia, Dudu Araujo, Gabriela Mendes, Kim Alves, Princezito, Sara Tavares, Vadu...y esto no pretende ser una lista completa: aquí hay más de cien fotos!

En el local se puede cenar y escuchar musica ao vivo todas las noches. Hoy actúan las batuqueiras de Praia. Se trata de una de las modalidades más africanas de la música caboverdiana: un grupo de unas 8 mujeres, descalzas, con faldas y con pañuelo blanco en la cabeza, golpean una especie de tambor de tela (tchabeta) con un ritmo característico y una intensidad que va en aumento, mientras una de ellas recita escenas cotidianas o de crítica (finaçon). Tras cada frase, el grupo de mujeres responde a modo de eco. De vez en cuando, alguna sale a bailar, generalmente de espaldas, con lo ojos mirando al cielo, como poseída por algún espíritu, y moviendo la cadera con rápidas sacudidas.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Vuelta a la isla de Fogo

São Filipe, Fogo, Cabo Verde. Las islas pequeñas ofrecen una actividad prácticamente obligada para el visitante: el tour-de-l'île. Hoy toca el de Fogo, una excursión en coche de 80 km y casi 6 horas de duración.

Nolito, un saofilipense con cara de bonachón, está desayunando tranquilamente en el bar de enfrente. Se ha ofrecido hacérmela por 8.000 escudos, unos 75 euros.

En una isla cónica y volcánica como esta, a la que uno se aparta de la costa todo sube. Así pues, comenzamos nuestra “escalada” en sentido de las agujas del reloj. El primer pueblo que nos encontramos es São Lorenço, con su iglesia pintada de blanco y azul, y su cementerio mirando al mar y a la isla de Brava.

En esta parte de la isla el cereal dorado cubre las laderas de la carretera dándole un aspecto casi mediterráneo. Seguimos hasta el pueblo de Lomba donde se divisa una niebla que no se atreve a subir hasta el volcán.

Más tarde descendemos hasta las salinas donde hay un pequeño embarcadero. Los pescadores acaban de llegar y se disponen a subir sus barcas hasta el hangar.

Nolito me lleva seguidamente hasta Mosteiros, segunda gran población de la isla, en el Norte. Allí la vegetación es muy densa, con bosques y cafetales hasta donde da la vista. Llegamos a la hora de la salida, o entrada, de la escuela. Las calles están literalmente invadidas de estudiantes, todos con camisa blanca y mochilas de colores. Nunca he visto una concentración tan grande de colegiales. Realmente, es uno de los valores de este país: nadie sin educación.


A continuación proseguimos nuestro tour-de-l’île por el lado oeste del volcán, por carreteras angostas que cortan la respiración: a un lado el imponente volcán, al otro, un enorme vacío hasta el océano. Desde esta parte de la isla se avista directamente el pico del volcán y los lechos de lava que de él han ido surgiendo a lo largo de la historia.

Durante todo el viaje intento avistar el carricero de Cabo Verde, un ave pequeña que habita solo en Fogo y Santiago. El pobre Nolito tiene una paciencia de santo, parando cada dos por tres en los lugares que yo le indico. Pero una vez más, no logro verlo. Lo mismo me ocurrió en Santiago hace cuatro años: siempre se me resiste. Quizás sea ésta la estrategia secreta que se propone el país para que yo regrese una y otra vez.