
Y cada mañana, justo antes de que el pueblo se despierte, en este instante frágil en el que el día nace insensiblemente de la noche, la vida vuelve a empezar. Es entonces cuando lentamente la luz hace renacer una fiesta de colores reflejados por el lagon inmóvil. Y es a través del murmullo indefinidamente repetido por las olas del océano que rodean la isla con su corona sonora, indiferente a los cambios de humor de los humanos, como por sí misma, y por los tiempos de los tiempos, Maupiti, la pequeña isla del fin del mundo, permanece.
Maupiti no cambies, quédate así, porque algún día serás la envidia del mundo entero. Estoy convencido.
Mientras tanto espérame Maupiti, espérame porque siempre volveré.
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