
Esta mañana el bueno de Matusalén nos lleva con su barca a ver la salida del sol en un lago fluvial. Son las 5 de la madrugada y en el embarcadero del lodge se aprecian las primeras luces.

Como si viera en la oscuridad, Matusalén se dirige a toda velocidad hacia un punto determinado de la otra orilla del río. Allí, milagrosamente, hay un pequeño surco en la vegetación espesa que atravesamos lentamente para aparecer al cabo de poco en un inmenso “lago”. Después de falcar la barca entre la vegetación flotante y, una vez disipadas las ondas que hemos producido, el lago se transforma en un grandioso y perfecto espejo rosado, donde todos los detalles del cielo quedan fielmente reproducidos en su superficie. La elevada densidad de estas aguas contribuye todavía más a la sensación de “balsa de aceite”.

Una vez que el sol ha salido de entre las nubes del horizonte, Matusalen para el motor y se pone a remar silenciosamente por entre el igapó o bosque inundado.

Así comienza nuestra visita ornitológica que, como era de esperar, resulta más bien poco fructuosa. Aún así, vemos algún que otro gavilán, tucán, papagayo, garza...




A la vuelta, el agua sigue mansa y la canoa se desliza sobre ella sin apenas balancearse.

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