jueves, 7 de marzo de 2013

Mount Cook, el techo de Nueva Zelanda


Aoraki/Mount Cook Village, South Island, Nueva Zelanda. Hoy al despertarme, a las 7 en punto de la mañana, y durante solo 5 minutos, me encuentro con una vista espectacular de la cima del Mount Cook iluminada por los primeros rayos de sol del nuevo día. Un poco más al oeste, a mi izquierda, el no menos impresionante Mount Foostool también aparece sonrojado.

Hoy toca visita del Parque Nacional y del village. El pequeño pueblo Aoraki/Mount Cook Village orbita 100% alrededor del turismo que acude de todo el planeta para visitar este parque nacional, que por su belleza natural fue declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1986.

Aquí casi todo está gestionado por la compañía Hermitage, no solo el magnífico y enorme hotel (que parece un montón de celdas orientadas todas al Mount Cook) sino también los apartamentos del alrededor, los museos, el centro alpino, etc...

Sin duda el héroe de este lugar es el neozelandés Sir Edmund Hillary, el primer ser humano que, junto con el sherpa Tenzing Norgay, alcanzó la cima del Everest, en 1953. Aquí, en estas montañas, Sir Ed practicó el alpinismo en su juventud. Por ello el lugar alberga un centro/museo en su honor en el que entre otras muchas cosas, se encuentra una estatua de bronce del famoso alpinista mirando al Mount Cook.


En el centro también se proyectan películas varias sobre su vida y sobre temas astronómicos. Los beneficios del centro se destinan a acciones humanitarias en el Himalaya, continuando con la labor que Sir Ed inició personalmente en Nepal.

En un radio de pocos kilómetros hay un puñado de excursiones disponibles, como la visita a los lagos glaciares de Tasman, Mueller y Hooker, paseos por los valles, así como rutas alpinas de más calado. También hay un aeropuerto de donde parten vuelos en avioneta y helicóptero, pero contrariamente al escandaloso ruido que producían en Franz Josef, aquí solo he oído uno en dos días.




He dejado 
esta maravilla que es Mount Cook para el final del viaje por la isla Sur. Mañana pasaré el día mayoritariamente en el coche, de regreso a Christchurch, a más de 400 km de aquí. Allí dormiré para coger un vuelo al día siguiente hasta la isla Norte, donde pasaré mis últimos 4 días en Nueva Zelanda.

miércoles, 6 de marzo de 2013

De Lake Tekapo a Mount Cook


Aoraki/Mount Cook Village, South Island, Nueva Zelanda. Esta mañana me despierto bien pronto, de madrugada, para fotografiar la ermita del Buen Pastor, junto al lago Tekapo, con las primeras luces del día. Y bueno...creo que ha valido la pena.

Al acabar, tomo el desayuno en casa de Jenny, la señora del Bed & Breakfast donde me alojo, y una vez finalizadas mis obligaciones blogueras aprovechando su wifi, subo al vecino Mount John donde hay un observatorio astronómico de la Universidad de Canterbury, y una cafetería (Astro Café), y desde donde se divisan vistas espectaculares del lago Tekapo.



Aquí arriba, a 1.000 m de altura, dicen que es uno de esos pocos lugares cuyas noches están absolutamente libres de polución lumínica y, por lo tanto, óptimo para la observación de la estrellas cuando no hay luna. Por eso existe un tour (cómo no, aquí sacan los “tours” hasta de la sopa) organizado desde Tekapo que dura 2 h y cuesta 125$. Pero claro, siempre que no haya nubes, y anoche las hubo, o sea que no tuve ni la tentación.

Prosigo mi trayecto que me llevará finalmente a Mount Cook. Al cabo de unos cuantos kilómetros del lago Tekapo se encuentra otro gran lago de aguas turquesas: es el lago Pukaki, cuyo extremo norte recibe el agua de los glaciares provenientes del parque nacional de Aoraki/Mount Cook, donde aparte del Mount Cook (el pico más alto de Nueva Zelanda, 3.754 m) hay otros 21 picos que superan los 3.000 m de altura.

Desde el extremo sur del lago hasta el pequeño pueblo de Mount Cook, al pie de la citada montaña, hay 55 km de una carretera plana, que primero bordea el lago y luego se adentra hacia las montañas por un ancho y largo valle glaciar.


Este ha resultado ser uno de los trayectos más bellos de todo el viaje, y, desde luego, lo recomiendo a todo aquél que tenga previsto visitar el país.

Al llegar al village, busco habitación y encuentro una con vistas a la montaña. Lo que tengo delante es sencillamente impresionante.

Lake Tekapo, el lago de las aguas turquesa


Lake Tekapo, South Island, Nueva Zelanda
Esta mañana, siguiendo la ruta que Fleur me aconsejó anoche en su restaurante, la dedico a la exploración de Moeraki. Le comenté que estoy interesado en ver el cormorán de Stewart (Phalacorocorax chalconotus) pues no lo había avistado en Stewart Island, y me dijo que fuera a los dos kaiks, el 1 y el 2 (no sé lo que significa kaik, pero me imagino debe ser algo como “roca”). En el número uno, efectivamente, había muchos y apilotonados en un peñasco frente a una playa desierta de humanos y poblada de leones marinos retozando en la arena


Un poco más allá se encuentra el faro, un lugar calmado y misterioso...los faros son siempre misteriosos.

En el 2 no hay ni un cormorán pero, en cambio, descubro un lugar idílico, importado de otro planeta: cuatro casitas de pescadores, frente a una bahía llena de focas y pingüinos (por la noche, no ahora).

Me acerco a la rampa de embarcación y me encuentro con un matrimonio pescando desde su casa que al verme me pregunta si quiero un café. Sure, thank you -les respondo. Al decirle que soy de Barcelona él me dice que había trabajado con una compañía de allí que teñía las pieles de sus corderos “Small world”. Se le ve supercontento de estar en este paraíso. Me comenta que hace un par de meses que compró esa casa por solo 40.000$ (unos 30.000€). Increíble. Ahora se dedica a pescar desde su balcón con su mujer, y a contemplar las focas, las orcas, las yubartas y los pingüinos que suben por la escalera cada noche desde la playa para dormir en su terraza.

Me hubiera quedado un rato con esta curiosa pareja, pero debo seguir mi ruta hacia el norte. Así que agarro de nuevo el volante y me dirijo hacia el lago Tekapo. Una paradita en Timaru, para visitar la colonia de pingüinos cejigualdos, pero, por ser antes de las 3 pm, no hay “ningüino” (como decía el bueno de Jose Luís Coll en su “diccionario” al referirse a la expresión del cazador de pingüinos cuando regresaba a casa sin haber cazado ninguno). Aún así, sin ningüin pingüino, el lugar es espectacular.


Antes de llegar a Tekapo, y justo después de atravesar el puerto de montaña de Burkes, me desvío por una carretera “comarcal” (Haldon Road) que transcurre en medio de estepas con los Alpes de fondo, y miles de corderos en primer plano.

Finalmente llego al maravilloso lago Tekapo, de color azul turquesa, y un cielo totalmente despejado. Aprovecho para hacer una cuantas fotos mientras haya sol, pues aquí en una hora puede cambiar radicalmente el tiempo.


Y así es, dicho y hecho: en 45 minutos ya no queda casi cielo azul. Así que me subo al Mount St John, donde hay un observatorio astronómico, y tiro las últimas fotos de hoy.

El cielo se encapota poco a poco en Tekapo y la deseada foto de puesta de sol sobre el lago se desvanece en “lo imposible”. La vida del fotógrafo es así: “fotografía” quiere decir en griego “escribir la luz”, y no “crear la luz”, es decir, que lo que hay es lo que hay, y hoy no hay buena luz. Buenas noches.

lunes, 4 de marzo de 2013

Moeraki


Moeraki, South Island, Nueva Zelanda
El ferry de Stewart zarpa del muelle de Oban a las 8 am. Karin, la del Kaka Retreat, me ha venido a buscar con su van para llevarme hasta allí. El tiempo está revuelto y hace bastante viento.
En Bluff, donde llega el ferry, me invade un dilema al recuperar el coche: hay una especie de ave, la yerbera maorí (Megalurus punctatus, o Fernbird en inglés) que me está resultando imposible de ver. Hay pocas, nunca vuela y es muy escondediza. O sea, muy, muy difícil de avistarla. Pero...hay un lugar cerca de Invercargill, en Bushy Point, a 20 km de Bluff, donde un B&B está especializado en ese bicho (sí, la locura del birdwatching llega a esos extremos). Prácticamente garantizan que con ellos lo vas a ver.

Cansado de tanto buscar al pajarillo, decido hacer un giro en mi rumbo y acercarme hasta esa casa. Me recibe el dueño, Ian, y le digo directamente I'm desperately looking for a fernbird, a lo que me responde sin dudar ni un instante well, you're in the right place...vamos a hacer una cosa, el paseo cuesta 20$, si lo vemos me pagas, y si no, no, a lo que respondo rápido OK, sounds fair.

Convencido de que no la vería, o si así fuera, que sería desde lejos, ni siquiera cojo la cámara, y me adentro con Ian por un sendero que ya tiene optimizado. Al cabo de 5 min se oye uno, a lo que Ian responde "tch tch" (es lo que hay que hacer para que se te acerquen). Y efectivamente, el ave reacciona muy bien a esta señal, acercándose a curiosear. Y allí estaba, al alcance de la mano, todo un fernbird...¡y yo sin la cámara! Bueno, suerte que existe internet:

Contento y feliz, acepto su desayuno en la casa y charlamos un rato tomando café.

Me despido de Ian y su mujer y sigo por la carretera hasta muy lejos: Moeraki, a 445 km. Entre medio hago una parada en un par de sitios en los Catlins: Cannibay Bay (1ª foto) y Nugget's Point (2ª foto), ambos maravillosos.

Luego pongo rumbo hasta Dunedin, y me adentro en la península de Otago, salvaje por su naturaleza. Al final de la carretera hay una colonia nidificante de albatros real (Diomedea epomophora). Como siempre en este país hay que pagar para verla...pero en este caso digo que "enough is enough" y los veo desde fuera. Ese bicho es sencillamente enorme.



En Otago todos los negocios giran alrededor de la naturaleza: tours para ver albatros, para ver pingüinos, para ver focas...


El paisaje en la península es espectacular, especialmente por la carretera que la atraviesa, donde hay incluso un castillo. Las vistas de la bahía de Dunedin y la península dan vértigo.


Se hace tarde y no tengo reservado nada donde pasar la noche. Acelero y me llego hasta Moeraki, un pequeño pueblo de pescadores a 76 km al N de Dunedin. Encuentro un B&B con cartel de VACANCY, y sin dudar me hospedo en él. El hombre de la casa, muy amable, me indica que en el muelle hay un restaurante, Fleurs, muy recomendable. 

Y el hombre llevaba razón. Un lugar cuya entrada costaba de encontrar y que desde fuera incluso parecía cerrado.

Pero al entrar me encuentro con una explosión de actividad y animación. Justo lo que necesitaba después de tanta carretera en solitario. 


Fleur, la patrona, me coloca junto con un matrimonio de Auckland que está aquí por una boda en una localidad vecina. Ceno con ellos y disfruto de una agradable velada. Al acabar, Fleur me hace un mapa de la zona para que mañana vea lo más bonito. Así que mañana os explico.

Isla de Ulva, isla santuario para las aves

Oban, Stewart Island, Nueva Zelanda. Muy cerca de Oban hay una islita de escasamente 3,5 km de largo y 270 ha de superficie, que tiene un especial interés ornitológico y botánico porque alberga aves que son raras o han desaparecido en el resto del país. Fue declarada "libre de ratas" en 1977, un aspecto absolutamente crucial para el equilibrio de la delicada fauna ornitológica de Nueva Zelanda. Como ella hay una docena esparcidas por el territorio del país, y algunas se pueden visitar. 
Un pequeño taxi-boat me lleva desde Stewart a la isla en 10 minutos. Me deja en la "Post Office", una antigua oficina de correos en la playa: 

A partir de allí tienes toda la isla para tí, para pasearla por los tres o cuatro senderos que hay y buscar tus especies preferidas o que no hayas podido ver en el resto del país porque son rarísimas o porque sencillamente ya desaparecieron.

Una de ellas es la petroica neozelandesa (Petroica australis o New Zealand Robin), que aquí en Stewart tiene su propia subespecie. Cuando te ve te sigue los pasos buscando los posibles gusanos que puedas levantar al pisar el suelo. Si te paras y rascas el suelo con un palo, se posa en tu bota o en el pantalón esperando que acabes para lanzarse como loca a la caza de los gusanillos.

En una de las playas de la isla me encuentro con un par de wekas (Gallirallus australis), un rascón áptero, es decir no volador, que tampoco muestra ningún pudor en acercarse hasta tocarte.

O el omnipresente mielero maorí (Anthornis melanura, o Bellbird), cuyo particular canto pone el sello a los bosques de todo el país.

Dicen que este es también un jardín botánico natural de características únicas. Yo no entiendo de plantas, pero los helechos de aquí son como palmeras que parecen sacados de una película de dinosaurios:

En Ulva hay dos o tres calas que invitan a quedarse todo el tiempo del mundo. Pero no, esta es una isla santuario y aquí no hay lugar para dormir.

Así que al cabo de 4 horas de paseo me vuelvo al taxi contento de haber avistado casi todas las especies que me faltaban (cada loco con su tema).