
Cuando los españoles descubrieron las islas en 1535 las denominaron galápagos por las grandes tortugas que en ellas vieron. El término galápago proviene de una antigua palabra española que significaba tortuga. Desde aquellos días en que se contaban un cuarto de millón de individuos, el número de tortugas ha declinado hasta solo unos pocos millares.
Aquí arriba, en el interior de Santa Cruz, existe una de las mayores poblaciones de estos gigantes. Algunos científicos defienden que todas las tortugas gigantes de las Galápagos pertenecen a una misma especie (Chelonoidis nigra) organizada en 10 subespecies vivas y 3 extintas. Por cierto que la lista de subespecies extintas era de 2 hasta hace muy poco hasta que el último individuo de la subespecie abingdoni de la isla Pinta, un macho conocido con el nombre de Lonesome George, murió el pasado 24 de Junio de 2012 llevándose a toda la subespecie a la tumba por siempre jamás.
Estudios genéticos recientes, por el contrario, sostienen que esas subespecies son, en realidad, especies bien diferenciadas. Sean lo que sean, la de Santa Cruz es la porteri, y aquí arriba, hay unas cuantas.

Todas las tortugas de las Galápagos evolucionaron a partir de una única hembra preñada o una pareja que llegó hasta aquí a la deriva desde Sudamérica, seguramente transportada por la corriente de Humboldt. Lo del gigantismo se cree que es anterior a la llegada al archipiélago, es decir, que ese individuo colonizador ya era gigante, pues un mayor tamaño habría aumentado la probabilidad de subsistir una larga temporada en el agua sin comer y sin beber agua dulce (las Galápagos están a un mínimo de 1000 km del continente).
Mientras contemplo las tortugas aparece un pajarillo rojo carmesí de indescriptible belleza. Es el mosquero cardenal (Pyrocephalus rubinus), cuya presencia pone la nota de color.




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