
En el muelle de São Filipe, ya en Fogo, distingo a Matías, el taxista que me trajo desde el aeropuerto. Cuando has explicado tu plan una sola vez a un taxista caboverdiano, te lo encuentras siempre de nuevo por todas partes, como por arte de magia.
Así que Matías me lleva hasta Chã das Caldeiras, en pleno cráter. Resulta sorprendente que aquí, a 1.700 m de altura vivan 1.600 personas. Las viviendas están hechas simplemente de tochos grises, a medio acabar y, desde luego, sin pintar. Pero la gente de nuevo es un encanto. Se dedican a la vid, que produce el excelente vino de Fogo, una especie de jarabe rojo de 14º que te deja los dientes oscuros al beberlo.

Pero lo primero que resalta al llegar a este lugar es la gran abundancia de gente rubia. De hecho, yo diría que hay más rubios que morenos. Me entero que en el siglo XIX aterrizó por aquí un refugiado francés, un tal Montrond, que aparentemente hizo muy bien sus deberes. Como resultado de las leyes de Mendel, el cabello rubio de sus numerosos descendientes delata la frenética actividad del francés, y por eso casi todos se llaman Montrond y son rubios. Vaya con el Don Juan.


En Chã das Caldeiras hay un par de pensiones que albergan a los turistas que llegan hasta aquí para subir la cima del volcán. La de Pedra Brabo, donde me hospedo, la regenta Patrick, un francés que se ha quedado a vivir en Caldeiras. Detrás de la pensión, me protegen las impresionantes paredes del cráter. Delante, el majestuoso Pico, cuya cima de 2.829 m de altura alberga un cráter de 500 m de ancho. Cada día lo escalan un grupito de turistas en una excursión que dura de 4 a 6h.

Al ponerse el sol, los jóvenes acuden al polideportivo a organizar carreras de bicicleta, correr, gritar, y desahogarse. Se respira un aire muy sano aquí.


Esta noche hay cachupa, el plato nacional de Cabo Verde. Es un guiso a base de vegetales y carne (pollo, salchicha...) muy variado, que sabe riquísimo. Y cómo no, todo eso acompañado de un buen vaso de vino del volcán.

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