

El trayecto dura 2h y 40m. Al sur quedan las Desertas, esas tres islas deshabitadas, paraíso de las aves marinas.

Lo primero que destaca al llegar a la isla de Porto Santo es su enorme playa de arena dorada, exactamente lo que su hermana mayor no tiene. Un volcán cónico pone también otro sello de identidad. La isla se ve menos verde que Madeira.

Una vez en el muelle, saco el coche y me recorro la minúscula isla como un poseído. Miles de canarios cantan por doquier. Subo al monte del Castelho, desde donde se disipa toda la isla. Bajo por el lado norte. Aquí el paisaje es muy verde y no hay viviendas.


A Porto Santo se vino a vivir Cristóbal Colón a finales de los años 1470’s, antes de partir al nuevo mundo. La familia de su mujer, Felipa Muñiz Perestrello, era dueña de la isla. Aquí nació Diego, su hijo primogénito. Dice Orsenna en su libro:
Todos los días, hiciera el tiempo que hiciera, a veces hasta de noche, lo sacaba a pasear y le impartía clases: sobre el movimiento del mar, sobre el lenguaje de las nubes, sobre el influjo de los astros, sobre cómo cazar cangrejos y orientar velas.
De bien seguro que el navegante compaginaba estos paseos familiares con las charlas de los marinos de Porto Santo, que le contaban curiosas y apasionantes historias del oeste marino. Aquí se estaba cociendo algo...
El ferry de las 18h me devuelve a Madeira. Sin duda, un día completo.
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